12 de enero de 2011

Se caerán las escamas

Paz y bien en el Señor Jesús y en su Santísima Madre,

La liturgia de hoy, nos propone a un Jesús con muchísima autoridad que sigue expulsando demonios y este gesto en una enseñanza suya, pues diariamente nos encontramos con las fuerzas que esclavizan al hombre y se oponen a la verdad (Mc. 1, 34); pero también el pasaje evangélico manifiesta la confianza sencilla de Pedro: Jesús entra en su casa y con Él llegan la paz y la salud (Mc 1, 30-31).

La obra de nuestra salvación, es ante todo una obra divina; el alma y motor siempre es el Santo Espíritu de Dios que da testimonio de Jesús. Y empieza por un mismo, tratando de ser felices en el Señor. Es tiempo perdido y pura utopía el preocuparse por hacer felices a los demás si nosotros mismos no lo somos; si nuestra trastienda está llena de escombros, llamas y agonía.

Hay que comenzar por uno mismo. Sólo haremos felices a los demás en la medida en que nosotros lo seamos. No olvidemos que el ideal bíblico se sintetiza en amar al prójimo como a uno mismo; es decir nosotros somos la medida y cronológicamente es uno mismo antes que el prójimo.

Lo que dije recién, no es un impulso a un hedonismo egocéntrico y cerrado, si lo fuera estaríamos aconsejando una trampa mortal; tal cual, buscarse a un mismo sin otro fin que el de ser feliz, sería lo mismo que encerrarse en el estrecho círculo de un seno materno. Si alguien busca exclusiva y desordenadamente su propia felicidad, haciendo de ella la última finalidad de su existencia, está fatalmente destinado a la muerte como Narciso; y muerte significa soledad, esterilidad, vacío, tristeza; el egoísmo siempre termina en vacío y desolación.

Y ser feliz quiere decir sufrir menos. En la medida que se secan las fuentes de sufrimiento, el corazón comienza a llenarse de gozo y libertad. Y sentirse vivo ya constituye, sin más, una pequeña embriaguez. Eliminado el sufrimiento, el ser humano, recomienza a vivir, a gozar de aquella dicha que llamamos vida.

Si en nuestra tarea apostólica, conseguimos que la gente viva, la fuerza expansiva de ese gozo vital lanzará al hombre hacia sus semejantes con esplendores de primavera y compromisos concretos. ¿Acaso Jesús después de curar a los enfermos no les pedía que guardaran silencio y éstos salían libres a contarlo todo?

Los enfermos y necesitados de hoy -como aquellos de hace dos mil años- van lenta pero firmemente tras esa antorcha que es el Señor. El que sana y libera. En el camino, salvaran los escollos uno por uno y caerán las escamas. Y desde la noche irá emergiendo palmo a palmo la figura hecha claridad y alegría: el hombre nuevo buscado, reconciliado con el sufrimiento, hermanado con el dolor, peregrino hacia la libertad y el amor.
«Con las piedras que encuentres en el camino, se delicado y llévatelas. Y si no las puedes cargar a hombros como hermanas, al menos, déjalas atrás como amigas» (Anónimo)
Fraternalmente,




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Con textos de Ignacio Larrañaga

4 comentarios:

  1. Gracias el Señor sana y solo ÉL da vida solo DIOS Claudio SOLO DIOS NADA MÁS muy unidos en oración y un abrazo hermano

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  2. Me parece importantísimo que hayas recalcado una idea vital. Si nosotros no somos felices ¿Qué Cristo resucitado podremos mostrar?Quien conoce a Jesús, encuentra su gozo, su complacencia, ¡todo! ser feliz en las dificultades y sufrimientos es algo que muchos no entienden, pero todo amor lleva consigo dolor y ¿quién niega que el amor no trae felicidad? Tu post es una invitación a reflexionar que los que tienen a Cristo no tienen motivos para ser infelices, basta conocerlo mejor.Un abrazo

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  3. Si permanecemos en Dios el Amor a nosotros mismos es posible.
    Si no permanecemos en Dios no podremos dar lo que no tenemos.
    Un abrazote.

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  4. Solo a El sea el Honor y la Gloria, por siempre!
    Un abrazo a todos

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