El desierto es una delgada línea entre el cielo y el infierno
El primer domingo de Cuaresma nos presenta a Jesús conducido por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. El marco geográfico del desierto, lugar inhóspito y antagónico del Edén, es elocuente. Jesús sería impulsado así al ámbito del tentador. El desierto es un lugar donde la soledad posibilita el encuentro con un mismo, y el silencio hace descubrir la simplicidad de la vida. Se pierden los encantos de las apariencias. La desnudez permite centrarse en lo esencial y la aridez enfoca lo invisible para lo ojos: la propia individualidad, el propio yo, el ser irrepetible en este mundo, la transitoriedad de la vida. El desierto es un lugar de purificación; sin embargo, el sufrimiento, la soledad y la prueba no purifican en si. Dependerá de la actitud que uno adopte frente a ellos. A lo largo de cada historia personal, al volver la vista atrás -como el poema de Machado- uno ve que desperdició años de su vida doliéndose de su pasado. En vez de superar el problema, fue supera...