Ahora, les toca a ustedes
Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. (San Mateo 18, 16-20) Hay momentos en la vida en que uno siente con claridad que el Señor lo llama a dar un paso, pero el corazón no termina de estar del todo firme. Eso les pasó también a los discípulos. Subieron al monte, vieron a Jesús resucitado, lo adoraron, y sin embargo el Evangelio no esconde que algunos vacilaban. Esa pequeña frase consuela mucho, porque muestra que la fe verdadera no siempre camina sin temblores. A veces creemos, adoramos, amamos al Señor, y al mismo tiempo llevamos dentro preguntas, cansancio o inseguridad. Jesús no se aparta de sus discípulos por su vacilación. Al contrario, se acerca. Ese gesto dice mucho. El Señor no espera una perfección fría para confiar una misión; se acerca a hombres reales, con heridas, memoria de sus caídas y una fe todavía en camino. Así obra también ...