16 de febrero de 2019

En la fiesta de los Tabernáculos. Joaquín y Ana poseían la Sabiduría. (El Hombre - Dios)

Antes de proseguir hago una observación.
La casa no me ha parecido la de Nazaret, bien conocida. Al menos la habitación es muy distinta. Con respecto al huerto - jardín, debo decir que es también más amplio; además, se ven los campos, no muchos, pero... los hay. Después, ya  casada María, sólo está el huerto (amplio, eso sí, pero sólo huerto). Y esta  habitación que he visto no la he observado nunca en las otras visiones. No sé si pensar que por motivos pecuniarios los padres de María se hubieran deshecho de parte de su patrimonio, o si María, dejado el Templo, pasó a otra casa, que quizás le había dado José. No recuerdo si en las pasadas visiones y lecciones recibí alguna vez alusión segura a que la casa de Nazaret fuera la casa natal.
Mi cabeza está muy cansada. Además, sobre todo por lo que respecta a los dictados, olvido enseguida las palabras, aunque, eso sí, me quedan grabadas las prescripciones que contienen, y, en el alma, la luz. Pero los detalles se borran inmediatamente. Si al cabo de una hora tuviera que repetir lo que he oído, aparte de una o dos frases de especial importancia, no sabría nada más. Las visiones, por el contrario, me quedan vivas en la mente, porque las he tenido que observar por mi misma. Los dictados los recibo. Aquéllas, por el contrario, tengo que percibirlas; permanecen, por tanto, vivas en el pensamiento, que ha tenido que trabajar para advertir sus distintas fases. Esperaba un dictado sobre la visión de ayer, pero no lo ha habido. Empiezo a ver y escribo.

Fuera de los muros de Jerusalén, en las colinas, entre los olivos, hay gran multitud de gente. Parece un enorme  mercado, pero no hay ni casetas ni puestos de venta ni voces de charlatanes y vendedores ni juegos. Hay muchas tiendas hechas de lana basta, sin duda impermeables, extendidas sobre estacas hincadas en el suelo. Atados a las estacas hay ramos verdes, como decoración y como medio para dar frescor. Otras, sin embargo, están hechas sólo de ramos hincados en el suelo y atados así ; éstas crean como pequeñas galerías verdes. Bajo todas ellas, gente de las más distintas edades y condiciones y un rumor de conversación tranquilo e íntimo en que sólo desentona algún chillido de niño.
Cae la tarde y ya las luces de las lamparitas de aceite resplandecen acá y allá por el extraño campamento. En tomo a estas luces, algunas familias, sentadas en el suelo, están cenando; las madres tienen en su regazo a los más pequeños, muchos de los cuales, cansados, se han quedado dormidos teniendo todavía el trozo de pan en sus deditos rosados, cayendo su cabecita sobre el pecho materno, como los polluelos bajo las alas de la gallina. Las madres terminan de comer como pueden, con una sola mano libre, sujetando con la otra a su hijito contra su corazón. Otras familias, por el contrario, no están todavía cenando.
Conversan en la semioscuridad del crepúsculo esperando a que la comida esté hecha. Se ven lumbres encendidas, desperdigadas; en torno a ellas trajinan las mujeres. Alguna nana muy lenta, yo diría casi quejumbrosa, mece a algún niño que halla dificultad para dormirse. Encima, un hermoso cielo sereno, azul cada vez más oscuro hasta semejar a un enorme toldo de terciopelo suave de un color negro - azul; un cielo en el que, muy lentamente, invisibles artífices y decoradores estuvieran fijando gemas y lamparitas, ya aisladas, ya formando caprichosas líneas geométricas, entre las que destacan la Osa Mayor y Menor, que tienen forma de carro con la lanza apoyada en el suelo una vez liberados del yugo los bueyes. La estrella Polar ríe con todos sus resplandores. Me doy cuenta de que es el mes de Octubre.

Aparece en la escena Ana. Viene de una de las hogueras con algunas cosas en las manos y colocadas sobre el pan, que es ancho y plano, como una torta de las nuestras, y que hace de bandeja. Trae pegado a las faldas a Alfeo, que va parla que te parla con su vocecita aguda. Joaquín está a la entrada de su pequeña tienda (toda de ramajes). Habla con un hombre de unos treinta años, al que  saluda Alfeo desde lejos con un gritito diciendo: «Papá». Cuando Joaquín ve venir a Ana se da prisa en encender la lámpara.
Ana pasa con su majestuoso caminar regio entre las filas de tiendas; regio y humilde. No es altiva con ninguno. Levanta a un niñito, hijo de una pobre, muy pobre, mujer, el cual ha tropezado en su traviesa carrera y ha ido a caer justo a sus pies. Dado que el niñito se ha ensuciado de tierra la carita y está llorando, ella le limpia y le consuela y, habiendo acudido la madre disculpándose, se lo restituye diciendo:
-¡Oh, no es nada! Me alegro de que no se haya hecho daño. Es un niño muy majo. ¿Qué edad tiene?».
- Tres años. Es el penúltimo. Dentro de poco voy a tener otro. Tengo seis niños. Ahora querría una niña... Para una mamá es mucho una niña....
-¡Grande ha sido el consuelo que has recibido del Altísimo, mujer! - Ana suspira.
La otra mujer dice:
- Sí. Soy pobre, pero los hijos son nuestra alegría, y ya los más grandecitos ayudan a trabajar. Y tú, señora - todos los signos son de que Ana es de condición más elevada, y la mujer lo ha visto - ¿Cuántos niños tienes?
- Ninguno.
-¿Ninguno! ¿No es tuyo éste?
- No. De una vecina muy buena. Es mi consuelo...
-¡Oh! - La mujer pobre la mira con piedad.
Ana la saluda con un gran suspiro y se dirige a su tienda.
- Te he hecho esperar, Joaquín. Me ha entretenido una mujer pobre, madre de seis hijos varones, ¡fíjate! Y dentro de poco va a tener otro hijo.
Joaquín suspira.
El padre de Alfeo llama a su hijo, pero éste responde: «Yo me quedo con Ana. Así la ayudo"
Todos se echan a reír.
- Déjalo. No molesta. Todavía no le obliga la Ley. Aquí o allí... no es más que un pajarito que come- dice Ana, y se sienta con el niño en el regazo; le da un pedazo de torta y, creo, pescado asado. Veo que hace algo antes de dárselo. Quizás le ha
quitado la espina. Antes ha servido a su marido. La última que come es ella.
La noche está cada vez más poblada de estrellas y las luces son cada vez más numerosas en el campamento. Luego muchas luces se van poco a poco apagando: son los primeros que han cenado, que ahora se echan a dormir. Va disminuyendo también lentamente el rumor de la gente. No se oyen ya voces de niños. Sólo resuena la vocecita de algún lactante buscando la leche de su mamá. La noche exhala su brisa sobre las cosas y las personas, y borra penas y recuerdos, esperanzas y rencores.
Bueno, quizás estos dos sobrevivan, aun cuando hayan quedado atenuados, durante el sueño, en los sueños. Ana está meciendo a Alfeo, que empieza a dormirse en sus brazos. Entonces cuenta a su marido el sueño que ha tenido:
- Esta noche he soñado que el próximo año voy a venir a la Ciudad Santa para dos fiestas en vez de para una sola. Una será el ofrecimiento de mi hijo al Templo... ¡Oh! ¡Joaquín!...
- Espéralo, espéralo. Ana. ¿No has oído alguna palabra? ¿El Señor no te ha susurrado al corazón nada?
- Nada. Un sueño sólo...
- Mañana es el último día de oración. Ya se han efectuado todas las ofrendas. No obstante, las renovaremos solemnemente mañana. Persuadiremos a Dios con nuestro fiel amor. Yo sigo pensando que te sucederá como a Ana de Elcana.
- Dios lo quiera... ¡Si hubiera, ahora mismo, alguien que me dijera: "Vete en paz. El Dios de Israel te ha concedido la gracia que pides"!...
- Si ha de venir la gracia, tu niño te lo dirá moviéndose por primera vez en tu seno. Será voz de inocente y, por tanto, voz de Dios.
Ahora el campamento calla en la oscuridad de la noche. Ana lleva a Alfeo a la tienda contigua y lo pone sobre la yacija de heno junto a sus hermanitos, que ya están dormidos. Luego se echa al lado de Joaquín. Su lamparita también se apaga, una de las últimas estrellitas de la tierra. Quedan, más hermosas, las estrellas del firmamento, velando a todos los durmientes.
 
Dice Jesús:
- Los justos son siempre sabios, porque, siendo como son amigos de Dios, viven en su compañía y reciben instrucción de Él, de Él que es Infinita Sabiduría.
Mis abuelos eran justos; poseían, por tanto, la sabiduría. Podían decir con verdad cuanto dice la Escritura cantando las alabanzas de la Sabiduría en el libro que lleva su nombre: "Yo la he amado y buscado desde mi juventud y procuré tomarla por esposa".
Ana de Aarón era la mujer fuerte de que habla el Antepasado nuestro. Y Joaquín, de la estirpe del rey David, no había buscado tanto belleza y riqueza cuanto virtud. Ana poseía una gran virtud. Toda las virtudes unidas como ramo fragante de flores para ser una única, bellísima cosa, que era la Virtud, una virtud real, digna de estar delante del trono de Dios.
Joaquín, por tanto, había tomado por esposa dos veces a la sabiduría "amándola más que a cualquier otra mujer": la sabiduría de Dios contenida dentro del corazón de la mujer justa. Ana de Aarón no había tratado sino de unir su vida a la de un hombre recto, con la seguridad de que en la rectitud se halla la alegría de las familias. Y, para ser el emblema de la "mujer fuerte", no le faltaba sino la corona de los hijos, gloria de la mujer casada, justificación del vínculo  matrimonial, de que habla Salomón; como también a su felicidad sólo le faltaban estos hijos, flores del árbol que se ha hecho uno con el árbol cercano obteniendo copiosidad de nuevos frutos en los que las dos bondades se funden en una, pues de su esposo nunca había recibido ningún motivo de infelicidad.
Ella, ya tendente a la vejez, mujer de Joaquín desde hacía varios lustros, seguía siendo para éste "la esposa de su juventud, su alegría, la cierva amadísima, la gacela donosa", cuyas caricias tenían siempre el fresco encanto de la primera noche nupcial y cautivaban dulcemente su amor, manteniéndolo fresco como flor que el rocío refresca y ardiente como fuego que siempre una mano alimenta. Por tanto, dentro de su aflicción, propia de quien no tiene hijos, recíprocamente se decían "palabras de consuelo en las preocupaciones y fatigas".
Y la Sabiduría eterna, llegada la hora, después de haberlos instruido en la vida, los iluminó con los sueños de la noche, lucero de la mañana del poema de gloria que había de llegar a ellos, María Santísima., la Madre mía. Si su humildad no pensó en esto, su corazón sí se estremeció esperanzado ante el primer tañido de la promesa de Dios. Ya de hecho hay certeza en las palabras de Joaquín: "Espéralo, espéralo... Persuadiremos a Dios con nuestro fiel amor". Soñaban un hijo, tuvieron a la Madre de Dios.
Las palabras del libro de la Sabiduría parecen escritas para ellos: "Por ella adquiriré gloria ante el pueblo... por ella obtendré la inmortalidad y dejaré eterna memoria de mí a aquellos que vendrán después de mí". Pero, para obtener todo esto, tuvieron que hacerse reyes de una virtud veraz y duradera no lesionada por suceso alguno. Virtud de fe. Virtud de caridad. Virtud de esperanza. Virtud de castidad. ¡Oh, la castidad de los esposos! Ellos la vivieron, pues no hace falta ser vírgenes para ser castos. Los tálamos castos tienen por custodios a los ángeles, y de tales tálamos provienen hijos buenos que de la virtud de sus padres hacen norma para su vida.
Mas ahora ¿dónde están? Ahora no se desean hijos, pero no se desea tampoco la castidad. Por lo cual Yo digo que se profana el amor y se profana el tálamo.

14 de febrero de 2019

Joaquín y Ana hacen voto al Señor (El Hombre - Dios)

Veo un interior de una casa. Sentada a un telar hay una mujer ya de cierta edad. Viéndola con su pelo ahora entrecano, antes ciertamente negro, y su rostro sin arrugas pero lleno de esa seriedad que viene con los años, yo diría que puede tener de cincuenta a cincuenta y cinco años, no más.
Al indicar estas edades femeninas tomo como base el rostro de mi madre, cuya efigie tengo, más que nunca, presente estos días que me recuerdan los últimos suyos cerca de mi cama... Pasado mañana hará un año que ya no la veo... Mi madre era de rostro muy fresco bajo unos cabellos precozmente encanecidos. A los cincuenta años era blanca y negra como al final de la vida. Pero, aparte de la madurez de la mirada, nada denunciaba sus años. Por eso, pudiera ser que me equivocase al dar un cierto número de años a las mujeres ya mayores.

Ésta, a la que veo tejer, está en una habitación llena de claridad. La luz penetra por la puerta, abierta de par en par, que da a un espacioso huerto – jardín. Yo diría que es una pequeña finca rústica, porque se prolonga onduladamente sobre un suave columpiarse de verdes pendientes. Ella es hermosa, de rasgos sin duda hebreos. Ojos negros y profundos que, no sé por que, me recuerdan al del Bautista. Sin embargo, estos ojos, además de tener gallardía de reina, son dulces, como si su centelleo de águila estuviera velado de azul Ojos dulces, con un trazo de tristeza, como de quien pensara nostálgicamente en cosas perdidas. El color del rostro es moreno, aunque no excesivamente. La boca, ligeramente ancha, está bien proporcionada, detenida en un gesto austero pero no duro. La nariz es larga y delgada, ligeramente combada hacia abajo: una nariz aguileña que va bien con esos ojos. Es fuerte, mas no obesa. Bien proporcionada. A juzgar por su estatura estando sentada, creo que es alta.

Me parece que está tejiendo una cortina o una alfombra. Las canillas multicolores recorren, rápidas, la trama marrón oscura. Lo ya hecho muestra una vaga entretejedura de grecas y flores en que el verde, el amarillo, el rojo y el azul oscuro se intersecan y funden como en un mosaico. La mujer lleva un vestido sencillísimo y muy oscuro: un morado - rojo que parece copiado de ciertas trinitarias.
Oye llamar a la puerta y se levanta. Es alta realmente. Abre.
Una mujer le dice:
- Ana, ¿me dejas tu ánfora? Te la lleno.
La mujer trae consigo a un rapacillo de cinco años, que se agarra inmediatamente al vestido de Ana. Ésta le acaricia mientras se dirige hacia otra habitación, de donde vuelve con una bonita ánfora de cobre. Se la da a la mujer diciendo:
- Tú siempre eres buena con la vieja Ana. Dios te lo pague, en éste y en los otros hijos que tienes y que tendrás.
¡Dichosa tú!.
Ana suspira.
La mujer la mira y no sabe qué decir ante ese suspiro. Para apartar la pena, que se ve que existe, dice: - Te dejo a Alfeo, si no te causa molestias; así podré ir más deprisa y llenarte muchos cántaros.
Alfeo está muy contento de quedarse, y se ve el porqué una vez que se ha ido la madre: Ana le coge en brazos y lo lleva al huerto, lo aupa hasta una pérgola de uva de color oro como el topacio y dice:
- Come, come, que es buena» - y le besa en la carita embadurnada del zumo de las uvas que está desgranando ávidamente.
Luego, cuando el niño, mirándola con dos ojazos de un gris azul oscuro todo abiertos, dice:
-¿Y ahora qué me das? - se echa a reír con ganas, y, al punto, parece más joven, borrados los años por la bonita dentadura y el gozo que viste su rostro. Y ríe y juega, metiendo su cabeza entre las rodillas y diciendo:
-¿Qué me das si te doy... si te doy?... ¡Adivina! - Y el niño, dando palmadas con sus manecitas, todo sonriente, dice:
-¡Besos, te doy besos, Ana guapa, Ana buena, Ana mamá!....
Ana, al sentirse llamar "Ana mamá", emite un grito de afecto jubiloso y abraza estrechamente al pequeñuelo, diciendo:
- ¡0h, tesoro! ¡Amor! ¡Amor! ¡Amor! - Y por cada "amor" un beso va a posarse sobre las mejillitas rosadas.
Luego van a un bazar y de un plato bajan tortitas de miel.
- Las he hecho para ti, hermosura de la pobre Ana, para ti que me quieres. Dime, ¿cuánto me quieres? Y el niño, pensando en la cosa que más le ha impresionado, dice:
- Como al Templo del Señor.
 
Ana le da más besos: en los ojitos avispados, en la boquita roja. Y el niño se restriega contra ella como un gatito.
La madre va y viene con un jarro colmado y ríe sin decir nada. Les deja con sus efusiones de afecto. 

Entra en el huerto un hombre anciano, un poco más bajo que Ana, de tupida cabellera completamente cana, rostro claro, barba cortada en cuadrado, dos ojos azules como turquesas, entre pestañas de un castaño claro casi rubio. Está vestido de un marrón oscuro.
Ana no lo ve porque da la espalda a la puerta. El hombre se acerca a ella por detrás diciendo:
- ¿Y a mí nada?
Ana se vuelve y dice:
-¡Oh, Joaquín! ¿Has terminado tu trabajo?
Mientras tanto el pequeño Alfeo ha corrido a sus rodillas diciendo:
- También a ti, también a ti- y cuando el anciano se agacha y le besa, el niño se le ciñe estrechamente al cuello despeinándole la barba con las manecitas y los besos.
También Joaquín trae su regalo: saca de detrás la mano izquierda y presenta una manzana tan hermosa que parece de cerámica, y, sonriendo, al niño que tiende ávidamente sus manecitas le dice:
- Espera, que te la parto en trozos. Así no puedes. Es más grande que tú - y con un pequeño cuchillo que tiene en el cinturón (un cuchillo de podador) parte la manzana en rodajas, que divide a su vez en otras más delgadas; y parece como si estuviera dando de comer en la boca a un pajarillo que no ha dejado todavía el nido, por el gran cuidado con que mete los trozos de manzana en esa boquita que muele incesantemente.
-¡Te has fijado qué ojos, Joaquín! ¿No parecen dos porcioncitas del Mar de Galilea cuando el viento de la tarde empuja un velo de nubes bajo el cielo?.
Ana ha hablado teniendo apoyada una mano en el hombro de su marido y apoyándose a su vez ligeramente en ella, gesto éste que revela un profundo amor de esposa, un amor intacto tras muchos años de vínculo conyugal.
Joaquín la mira con amor, y asiente diciendo:
-¡Bellísimos! ¿Y esos ricitos? ¿No tienen el color de la mies secada por el sol? Mira, en su interior hay mezcla de oro y cobre.
¡Ah, si hubiéramos tenido un hijo, lo habría querido así, con estos ojos y este pelo!.... - Ana se ha curvado, es más, se ha arrodillado, y, con un fuerte suspiro, besa esos dos ojazos azul - grises.
También suspira Joaquín, y, queriéndola consolar, le pone la mano sobre el pelo rizado y canoso, y le dice:
- Todavía hay que esperar. Dios todo lo puede. Mientras se vive, el milagro puede producirse, especialmente cuando se le ama y cuando nos amamos». Joaquín recalca mucho estas últimas palabras.
Mas Ana guarda silencio, descorazonada, con la cabeza agachada, para que no se vean dos lágrimas que están deslizándose y que advierte sólo el pequeño Alfeo, el cual, asombrado y apenado de que su gran amiga llore como hace él
alguna vez, levanta la manita y enjuga su llanto.
-¡No llores, Ana! Somos felices de todas formas. Yo por lo menos lo soy, porque te tengo a ti. - Yo también por ti. Pero no te he dado un hijo... Pienso que he entristecido al Señor porque ha hecho infecundas mis entrañas...
-¡Oh, esposa mía! ¿En qué crees tú, santa, que has podido entristecerlo? Mira, vamos una vez más al Templo y por esto, no sólo por los Tabernáculos, hacemos una larga oración... Quizás te suceda como a Sara... o como a Ana de Elcana: esperaron mucho y se creían reprobadas por ser estériles, y, sin embargo, en el Cielo de Dios, estaba madurando para ellas un hijo santo.
Sonríe, esposa mía. Tu llanto significa para mí más dolor que el no tener prole... Llevaremos a Alfeo con nosotros. Le diremos que rece. Él es inocente... Dios tomará juntas nuestra oración y la suya y se mostrará propicio.
- Sí. Hagamos un voto al Señor. Suyo será el hijo; si es que nos lo concede... ¡Oh, sentirme llamar "mamá"!.
Y Alfeo, espectador asombrado e inocente, dice:
-¡Yo te llamo "mamá"!.
- Sí, tesoro amado... pero tú ya tienes mamá, y yo... yo no tengo niño....
La visión cesa aquí.

13 de febrero de 2019

Dios Quiso un Seno sin Mancha (El Hombre - Dios)

16 de Agosto de 1944
Dice Jesús:
"Hoy escribe esto sólo. La pureza tiene un valor tal, que un seno de criatura pudo contener al Incontenible, porque poseía la máxima pureza posible en una criatura de Dios.
La Santísima Trinidad descendió con sus perfecciones, habitó con sus Tres Personas, cerró su Infinito en un pequeño espacio- no por ello se hizo menor, porque el amor de la Virgen y la voluntad de Dios dilataron este espacio hasta hacer de él un Cielo – y se manifestó con sus características: 
El Padre, siendo Creador nuevamente de la Criatura como en el sexto día y teniendo una "hija" verdadera, digna, a su perfecta semejanza. La impronta de Dios estaba estampada en María tan nítidamente, que sólo en el Primogénito del Padre era superior. María puede ser llamada la "segundogénita" del Padre, porque, por perfección dada y sabida conservar, y por dignidad de Esposa y Madre de Dios y de Reina del Cielo, viene segunda después del Hijo del Padre y segunda en su eterno Pensamiento, que ab aeterno en Ella se complació.

El Hijo, siendo también para Ella "el Hijo" enseñándole, por misterio de gracia, su verdad y sabiduría cuando aún era sólo un Embrión que crecía en su seno.

El Espíritu Santo, apareciendo entre los hombres por un anticipado Pentecostés, por un prolongado Pentecostés, Amor en "Aquella que amó", Consuelo para los hombres por el Fruto de su seno, Santificación por la maternidad del Santo.

Dios, para manifestarse a los hombres en la forma nueva y completa que abre la era de la Redención, no eligió como trono suyo un astro del cielo, ni el palacio de un grande. No quiso tampoco las alas de los ángeles como base para su pie. Quiso un seno sin mancha.
Eva también había sido creada sin mancha, mas, espontáneamente, quiso corromperse. María, que vivió en un mundo corrompido – Eva estaba, por el contrario, en un mundo puro – no quiso lesionar su candor ni siquiera con un pensamiento vuelto hacia el pecado. Conoció la existencia del pecado y vio de él sus distintas y horribles manifestaciones, las vio todas, incluso la más horrenda: el deicidio. Pero las conoció para expiarlas y para ser, eternamente, Aquella que tiene piedad de los pecadores y ruega por su redención.
Este pensamiento será introducción a otras santas cosas que daré para consuelo tuyo y de muchos".

El Hombre - Dios

“Sean la Luz del Mundo”

María Valtorta nació en Italia en 1897 y murió en 1961 sin haber jamás visitado la Tierra Santa ni cursado estudios teológicos. era una franciscana y miembro laica de los siervos de María; entre los años 1943 y 1951, a raíz de una enfermedad que la tenía postrada, produjo más de 15.000 páginas manuscritas en 122 cuadernos, en su mayoría detallando la vida de Jesús como una extensión de los evangelios. Sus cuadernos manuscritos, que contenían cerca de 700 episodios famosos en la vida de Jesús, fueron mecanografiados en páginas separadas por su sacerdote y reunidos, convirtiéndose en la base de su libro de 5.000 páginas El poema del hombre Dios. Las visiones reputadas dan un relato detallado de la vida de Jesús desde su nacimiento a la Pasión con más elaboración que los Evangelios proporcionan.

El director espiritual de María Valtorta, un miembro de la congregación de los Siervos de María, el Padre Migliorini, y el obispo Roman Danilak posibilitaron que estos escritos salieran a la luz y fueran publicados. El Poema del Hombre- Dios, es sin embargo, objeto de controversia, encontrándose quienes no ven en esta obra nada sobrenatural; y aquellos que no pueden dejar de admitir que “Aqui está la mano de Dios”. Fue sometida a la aprobación formal otorgada por el Obispo Roman Danylak en la Ciudad de Roma, el 13 de febrero de 2002.

En las próximas publicaciones, compartiré, siguiendo el orden de su índice, cada segmento de El Hombre – Dios, siendo cada uno de ellos, la puerta a una reflexión que nos permita conocer mas a Dios.