29 de abril de 2010

Matrimonio entre personas de igual sexo

El alegato de 70 obispos católicos

En Argentina, la pretendida reforma del Código Civil para permitir el matrimonio entre personas del mismo sexo, al cabo de marchas y contramarchas, con dictamen de mayoría en el plenario de las comisiones de Legislación General y Familia, Mujer, Niñez y Adolescencia está lista para ser tratado en la Cámara Baja del parlamento argentino.

Aunque es imposible hacer conjeturas, ya que la mayoría revelerá su postura en el momento de votar luego de que todos los bloques les dieran libertad a sus integrantes para que cada uno actúe según sus propias convicciones, lo que si queda claro es que el debate será duro y extenso dado que existen posturas extremas, tanto a favor o en contra. Así se perfiló la discusión en las comisiones, que fue ardua y áspera entre los representantes de la comunidad gay por un lado, y por el otro un nutrido grupo de militantes católicos que estuvieron presentes.

En este sentido, está claro que la postura que adelantó la Asamblea Episcopal Argentina reunida en Pilar en su 99ª asamblea plenaria ha sido de contundente rechazo y ejercerá una gran influencia en amplios sectores del Congreso.

La propuesta que movilizó la diputada de Nuevo Encuentro, Vilma Ibarra (autora de uno de los dos proyectos en tratamiento) plantea cambiar del Código Civil la frase hombre y mujer por cónyuges, para que no haya diferencias entre las parejas gay y las heterosexuales. Esto incluye los derechos a pensiones por fallecimiento, herencia, asignaciones familiares y obras sociales y también la adopción compartida, uno de los puntos que provoca mayor rechazo en el ámbito religioso.

Desde la ética cristiana, más de 70 obispos encabezados por el cardenal primado de la Argentina, Jorge Bergoglio, se manifestaron contrarios a la equiparación del matrimonio y la pareja homosexual basados en la concepción doctrinaria y la enseñanza de las Sagradas Escrituras en cuanto a la sexualidad humana como un don de Dios para ser disfrutado en el seno del matrimonio entre un hombre y una mujer. En esta misma línea, aunque expresada de manera más moderada, admitieron equiparación en los derechos que correspondan, pero sin reformar el Código Civil y dando a esa equiparación un nombre distinto al de matrimonio.

"Si se otorgase un reconocimiento legal a la unión entre personas de un mismo sexo, o se las pusiera en un plano jurídico análogo al del matrimonio y la familia, el Estado actuaría erróneamente y entraría en contradicción con sus propios deberes al alterar los principios de la ley natural y del ordenamiento público de la sociedad argentina", expresaron.

Apelando a la conciencia de los legisladores, afirmaron que la unión de personas del mismo sexo carece de los elementos biológicos y antropológicos propios del matrimonio y de la familia y que está ausente de ella la dimensión conyugal y la apertura a la transmisión de la vida.

El debido respeto a las orientaciones sexuales de las personas y el legítimo reconocimiento jurídico a las parejas de hecho homosexuales, no significa tener que aceptar la equiparación de dos realidades totalmente distintas como son, por un lado, el matrimonio y, por otro, la convivencia de una pareja homosexual, por muy estable que sea.

El matrimonio es, como sostiene la Iglesia Católica y por definición meramente antropológica -sin hacer mención de ninguna objeción moral que pueda parecer irritante- la forma socialmente sancionada de la unión entre un hombre y una mujer.

La heterosexualidad de los cónyuges y, derivadamente, su función social de reproductores del género humano (al menos potencialmente) son rasgos esenciales y distintivos del matrimonio. Sin estos rasgos, fundamentalmente el de la heterosexualidad, se estaría hablando de otra realidad. Y Ahí radica precisamente la diferencia entre la institución matrimonial y la unión civil, del tipo que sea, que pueda establecerse entre una pareja homosexual.

Abogamos por un debate serio y responsable, consciente de hasta dónde nos pueden llevar decisiones tomadas precipitadamente y sin el debido consenso, no ya sólo político, sino también científico y ético.

Bendiciones,


Fuente: Editorial diario Norte

28 de abril de 2010

Es preciso pegarnos a la vida

Tu has sido oh mi Señor, para nosotros un refugio a lo largo de la historia.
Antes que se formaran las montañas y existieran los mundos y la tierra,
desde siempre y por siempre tu eres Dios. (Salmo 90 1-2)

El salmo 90 es sin duda el más hermoso del Antiguo Testamento. He aquí el alma israelita viviendo en la presencia de su Dios. Por este hecho afrontó todo: lo mejor y lo peor, la serpiente, el león, el dragón.

Es cierto que en Dios y con Dios se resiste, se sobrepasa todo porque él está dentro. Nuestra fuerza, nuestra paz, nuestra serenidad, nuestra esperanza es la suya y la suya es la nuestra. Cuando se vive en comunión, al fondo, se está en paz, en serenidad.

Tenemos que dejar de compartimentar las acciones en lo cotidiano que hace que tengamos un tiempo para la oración, un tiempo para el trabajo, un tiempo para la misa y un tiempo para las relaciones sociales. De este modo siempre se establecerá un sistema de competencias: hay que dejar la oración para ir al trabajo, estando en el trabajo no podemos rezar y cuando rezamos no hago mi trabajo, etc., etc., etc.

Esta especie de dicotomía de lo real es un problema falso; es un conflicto trágico que desgarra a tantos cristianos mientras que una visión unitiva les permitiría estar en Dios y con Dios siempre y en todo lugar. De este modo, si tenemos que dejar la oración para ir al trabajo, sabrán que eso se llamar dejar a Dios para encontrar a Dios. No dejamos a nadie, permanecemos dentro.

Como decía Guy de Larigaudie, ese gran scout caído en 1940 en el frente de Bélgica "Es preciso pegarse a la vida como un equitador se pega a su caballo" En esta parábola, el caballo es Dios y yo soy el equitador. Y la vida es él. Entonces nos pegamos juntos a todo, salvamos los obstáculos cabalgando juntos. No el caballo solo, no Dios sin mí, no yo sin caballo, no yendo a pié, sino que, bien juntos, pegados.

Peguémonos a la vida como se pegan al caballo y estemos en Dios y con Dios en todo lo que hagamos y nunca soñemos con otra cosa que lo que nos es dado vivir en Dios, con Dios.

Es el secreto de Nazaret, es María, hija de la Biblia quien nos enseña esta lección elemental.

Bendiciones,



Florin Callerand, Salvación constante.

27 de abril de 2010

Muchos los llamados, pocos los elegidos

Esta frase, terrible entre todas, es al mismo tiempo la más maravillosa que puede haber. El primer mensaje de estas palabras es que nos enfrentamos a un Dios vivo que nos llama. El segundo, en hebreo la palabra "muchos" es amplia, total, es la totalidad absoluta. Por lo tanto, cuando Jesús afirma que todos somos llamados, es sin ninguna excepción.

Tercero, "hay pocos elegidos" ¿Que significa esto? Simplemente que son pocos los elegidos. ¿Por que son pocos? Porque tal vez no se necesitan muchos. ¿Podría pensarse que en el cielo no hubiera sino los elegidos? ¿No podría haber muchos llamados que no fueron elegidos? ¿Que es un elegido? Es un seleccionado.

En los capítulos 6 y 7 de los Jueces, la historia de Gedeón nos habla de la invasión de los madianitas. Todo Israel es llamado a ser salvado de los invasores. Dios dijo "es mucha la gente que esta contigo. Si yo les entrego a los madianitas los israelitas creerán que por sus propios medios vencieron a los madianitas. Por eso reúne a tu gente y diles que el que tenga miedo, se retire" (Jueces 7, 2-3) Así se fue reduciendo el número hasta quedar sólo 300 llevando como armas, un cántaro, una antorcha y un cuerno como trompeta.

Y Gedeón con sus 300 elegidos fueron al combate en beneficio de todo Israel que es llamado a la salvación. De un modo semejante, el pueblo de Israel es también elegido entre todas las naciones llamadas. Pero el elegido por excelencia es Jesús, de quien escribe Isaías: "He aquí mi elegido, en quien me complazco" (Is. 42, 1)

El elegido es Jesús y él solamente tiene como armas su trompeta y su cuerno: anuncia la palabra del reino y entrega su testimonio de vida. De vuelta de la cima de la montaña con este jarro lleno de vida divina que dejará caer, atemorizará al demonio y a la enfermedad y luego con su antorcha dará su testimonio de amor que lo lleva a la cruz y allí vuelve a tomar el cuerno en sus manos cuando dice: Padre, perdónalos no saben lo que hacen. Padre, mi vida está en tus manos. Este es el testimonio de amor, el cuerno. Y es así como el mundo será salvado, por medio de los elegidos.

María también tiene su trompeta: es su salvación para Israel su si al ángel Gabriel. Ella también tiene su jarro de concentrado de oración profunda, en conjunción con su Señor en ella: María, conserva esto en tu corazón. Y María, tiene su antorcha: de pié junto a la cruz siendo una con Jesús y diciendo con él, a su propio ritmo: Padre, perdónalos, no saben lo que hacen.

Y san Pablo tiene su cuerno: anuncia la palabra, y tiene su oración, si visión profunda y su testimonio que es dar su vida. Y Pedro y Juan y todos lo santos sin excepción tocan la trompeta, tienen una vida intensa de comunión con Cristo y dan el testimonio de la caridad sublime.

Es así como los elegidos trabajan por la salvación de todos los llamados. Y así sucede hasta el fin del mundo: Id y predicad (Mt. 28, 19). Esta palabra en el evangelio de San Mateo podría ser dada como título a todo su evangelio porque es la palabra que caracteriza el misterio de la Iglesia. El evangelio de Mateo es el evangelio de pentecostés, es el evangelio eclesial por excelencia. Su discurso eclesial del capítulo 18 como eje, precedido desde el 13 al 17, hacen un todo y nos muestra la acción de los elegidos en beneficio de los llamados.

Bendiciones,



Florin Callerand - Salvación Constante, colección Plenitud

26 de abril de 2010

Perseverancia

¿Cómo se hace para perseverar? Perseverar significa mantenerse en el mismo fervor con que se termina un retiro, es como mantenerse en equilibrio sobre una bicicleta que no se mueve. Y esto es muy difícil. La verdadera perseverancia significa progreso, avance, vida. ¿Cómo perseverar en el verdadero sentido de la palabra? Viviendo la palabra del Señor "Mantente en mi presencia y serás perfecto" (Gn. 17,1)

Que todo, a lo largo de nuestra vida, consista en hacer mística. ¿Qué es mística? Mística viene de misterio. Misterio no es el límite del conocimiento. Es lo ilimitado del conocimiento. Conocer más y más, entrar en comunión cada vez más profunda con la realidad que nos envuelve, ir más allá de cualquier horizonte y hacer la experiencia del misterio.

Mantengámonos en el misterio de que estamos llenos de Dios, de la fuente que nos anima; y en el misterio de que los demás están llenos de Dios y de Cristo que nos estimula a todos. El nos da la originalidad de esta misión propia, de este estilo propio, de esta manera de ser propia. Vivamos en Dios, en el medio divino de todas las cosas.

En la mañana, antes de lanzarnos a la jornada, sería preciso tener algunos minutos para retomar la conciencia de este misterio y no vivir como descerebrados, con la nariz pegada al muro de los acontecimientos. Todo viene de las profundidades de Dios. Porque Dios es una fuente permanente de generosidad que se comparte.

El misterio de Dios es un misterio de relación de las personas divinas una en la otra. La primera persona llama, por lo tanto la segunda persona recibe y vuelve a darse y juntas pasan a ser ramillete de gloria y alegría que es su aliento mezclado, el Espíritu Santo. Su aura y su ternura intercambiadas van a lanzarlas en la aventura de la creación, en la cual uno de los elementos del cosmos va a tener algo de lo profundo de Dios, así como el niño recibe de sus padres lo que va a constituirlo, así como la casa que va a ser construida por el esposo es organizada y dispuesta por la esposa.

Subyacente siempre está Dios con su creación. Seguramente ella no llega siempre a lo que el sueña, pero él está dentro y no abandona el juego. A nosotros nos toca jugar con él, juntos, en este misterio de la alianza. Así mantenemos nuestra estabilidad en él, y dondequiera que vayamos progresamos y perseveramos porque vivimos y avanzamos con Dios, al paso de él.

Bendiciones,


Salvación Constante, F. Callerand

25 de abril de 2010

Vivir en santidad

La gran voluntad de Dios es que lleguemos a ser santos. Lo dice san Pablo en la Carta a los Tesalonicenses, y en el Levítico: "... y sean santos pues yo soy santo" (Lev 11,44)

¿Qué es la santidad? Se puede considerar un aspecto positivo y un aspecto negativo. El aspecto negativo de la santidad es la purificación de todos los pecados, de todos los defectos, de todas las mediocridades. La santidad en su aspecto positivo es la práctica de todas las virtudes.

¿Cómo llegar a la santidad? ¿Como librarnos de la maldad, la dureza, la ira, la pereza, la lujuria, la avaricia, la envidia y la gula? ¿Es posible ir desarraigando uno de estos vicios cada año? Sería como sacar la gramilla: al sacar un pedazo quedan otros y cada pedazo crece y se multiplica.

Ahora bien, hay un centro, un lugar donde todos los defectos son expulsados al mismo tiempo y sin esfuerzos. Es el lugar de la presencia de Dios. Ella preserva del pecado, la presencia de Dios vivifica y da fuerzas para practicar todas las virtudes al mismo tiempo. Así, si nos hundimos en este misterio de la experiencia de Dios, nosotros somo santos.

Según el Apocalipsis, la Jerusalén celestial tiene sus doce puertas abiertas pero nadie sale de ellas. ¿Porque? Porque en el interior de ella se hace la experiencia de Dios, la experiencia del amor que es la única guardiana de la santidad. No ganamos nada dispersándonos en procurar las diversas virtudes. Se trata de sumergirse en la irradiación del Dios vivo; el es quién purifica por su irradiación, quien santifica con su santidad.

Si solo pensamos en Dios en el momento en que nos acercamos a los sacramentos, ¿nos extrañaremos que haya tantos sacramentos vacíos de eficacia? No se trata de sacramentos sacrílegos, no, no somos tan malos como para eso, sino de sacramentos vacíos de fruto espiritual, vacíos de eficacia para cambiar nuestra vida.

Solo el sentimiento de la presencia de Dios en permanencia puede purificar y santificar; es así como en el Antiguo Testamento vivían los justos, lo santos. En el capítulo 17 del Génesis leemos: "Abraham, mantente en mi presencia y serás perfecto ". No se trata pues de dos etapas desligadas sino íntimamente unidas: para ser perfecto, mantente en mi presencia.

Mantengámonos en la presencia de Dios y veremos como entra la felicidad en nuestra vida y como desaparece el Mal. Simone Weil decía Micael (que significa quien como Dios) y traducía: Yo rechazo vivir fuera de Dios. Es un grito de humildad, de suprema inteligencia de esta mujer admirable. Rechazo vivir fuera de Dios. Yo soy en él y lo llamo mi vida. Esta si que es verdadera humildad.

Bendiciones,



Textos de Florin Callerand, Salvación Constante

24 de abril de 2010

Iglesias, hoy

¿Medio llena o medio vacías?


Para los optimistas las Iglesias medio llenas, para los pesimistas, solo medio vacías.

A pesar del pesimismo en el que nos encontramos sucumbidos en estos momentos, siento que sigue habiendo y constituyendo una esperanza y alegría.

Posiblemente la Iglesia como institución no se encuentre en su mejor momento y quizá algo debilitada, pero recordemos que ésta la formamos todos y somos personas con defectos y virtudes.

También es verdad que siempre se ha caracterizado por ir a “años luz de la sociedad”, en algunos aspectos, pero es tarea de todos el conseguir que el fermento sea fecundo.

Quizá está muriendo una forma histórica de cristianismo, pero la fe sigue latente y el Espíritu sigue soplando, aunque en ocasiones parezca que le cuesta más por nuestra poca receptividad, pero sigue latente.

Surgen nuevas identidades, nuevas formas de vivir la fe, pero aún por reafirmar. Falta “darles forma”, aunque ya empiezan a tener voz propia. En nuestras manos está el alentarlas a florecer o impedir su crecimiento. No nos empeñemos en echar piedras sobre nuestro propio tejado y pongámonos en actitud de escucha. Estoy convencida que ello nos servirá para cambiar nuestra mirada, haciéndolo desde la esperanza y sabiendo ver donde antes no veíamos.

Recordemos que la luz siempre brilla venciendo en medio de las tinieblas.

Bendiciones,


Fuente: Un minuto para el encuentro

23 de abril de 2010

Iglesia, comunidad de carismas

El 24 de Junio de 1997 Juan Pablo II en una de sus audiencias públicas ha mostrado los tres pilares sobre los cuales se desenvuelve la vida interna de la Iglesia: a) su estructura ministerial con sus propios servicios, entre ellos los de dirigir y gobernar al pueblo de Dios; b) la estructura sacramental como señal visible vinculada al nacimiento y al crecimiento por la gracia en la vida divina de los fieles y c) los dones del Espíritu, el cual actuá libre y espontáneamente más allá de los caminos establecidos.

Los dones deben ser acogidos por los fieles con humildad, decía Juan Pablo II. Su diversidad muestra la libertad del Espíritu y enriquece la comunidad eclesial. Sin embargo, estos dones pueden también confundirse con ilusiones, ya sean nacidas de la propia psiquis de quien piensa que los ha recibido, ya sea como mentiras del demonio tentador. Por eso es importante que los lideres de las comunidades y sus asesores espirituales sepan discernirlos.

En aquella audiencia, Juan Pablo II señaló cuatro criterios para el discernimiento del carismas del Espíritu:

1 – Deben estar plenamente de acuerdo a la fe que la iglesia profesa. No puede haber desarmonía entre dones del Espíritu y la asistencia espiritual que el confiere a la Iglesia docente para conservar y presentar a los hombres el contenido de la fe recibido de Cristo y de los apóstoles, asegurando su autenticidad y verdad de su magisterio.

2 – Estos dones deben producir los frutos del Espíritu: amor, alegría y paz (Ga 5, 22). Cuando la presencia de un carisma causa perturbación o división en la comunidad es señal que no es auténtico “Dios no es un Dios de confusión, sino de paz” (1 Co 14,33)

3 – Docilidad de quien recibe estos dones para quien debe discernirlos, sobre todo para con los pastores de la iglesia. Pablo apela a su autoridad de Apóstol a fin de orientar a los cristianos sobre los carismas del Espíritu “Si alguien se cree profeta o inspirado por el Espíritu, debe reconocer en estas cosas que escribo un precepto del Señor” (1 Co 14,37). Juan Pablo II fue claro: “El verdadero carismático se reconoce por su docilidad sincera para con los pastores de la Iglesia. Un carisma no puede llevar a confrontar o a quebrar la unidad”.

4 – El uso de los carismas debe ser tal que “todo se haga para edificación” (1 Co 14,26), conduciendo la vida comunitaria a la unión con Dios y a la caridad fraterna, siempre de modo constructivo.

Concluye Juan Pablo II afirmando que es falsa la oposición entre carismas e institución. Es el mismo Espíritu quien colocó a los pastores en el gobierno de la Iglesia (Hch 20,28) y es el quien confiere a los fieles sus dones. “En este sentido -ha dicho Juan Pablo II- la Iglesia es una verdadera comunidad de carismas”.

Un carisma es un don sobrenatural que nos da el Espíritu Santo para la edificación de la comunidad cristiana (1 Corintios 12, 7). Se recibe de manera independiente de los méritos del individuo, y no es necesario para su salvación (1 Corintios 12,11). Un carisma no es una señal de santidad, o de mayor unión con Dios (l Corintios 13,1). No puede uno ni atraerlo ni retenerlo sin la concesión del Espíritu (1 Corintios 14, 28- 32).

En la lista de Corintios hay 9 carismas que se pueden distribuir en tres grupos:

1. Carismas de la mente: Sabiduría, Ciencia, Discernimiento de Espíritus.
2. Carismas de acción: Milagros, Sanaciones, Fe (de la que mueve montañas).
3. Carismas de la lengua: Profecía, Lenguas, Interpretación de lenguas. (1Cor.12:8-10).

Carisma de Sabiduría - Es el primero que señala Isaías, y el primero que señala aquí San Pablo, y es el más importante. La sabiduría es más valiosa que el oro y la plata, es el don de conocer los misterios maravillosos de Dios, su amor, su grandeza, su preocupación por nosotros.

Carisma de Ciencia - Es algo de lo muchísimo que Dios conoce que lo da a saber a una persona, a la que él quiera. Es conocer algo del presente, del pasado o del futuro, que nadie lo puede saber, que no se puede aprender en ningún libro.

Carisma de Fe - Esa fe que mueve montañas. La dinamita más potente que conoce la humanidad, que mueve las montañas del odio y de los celos, que desata las cadenas de las drogas y del alcohol, que sana enfermos incurables, que arregla matrimonios que ningún abogado puede solucionar, que resucita muertos.

Carisma de Sanaciones - Este carisma trata de sanar física e interiormente, con el poder del Espíritu de Dios. Este don lo deben tener todos los que predican la palabra de Dios, porque así lo prometió el mismo Jesús: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura... A los que creyeren les acompañarán estas señales... pondrán las manos sobre los enfermos y estos se sanarán (Marcos 16:15-19).

Carisma de Milagros - El Carisma de Milagros es para hacer milagros. Lo prometió Jesús también: En verdad en verdad os digo que el que cree en mi, ese hará también las obras que yo hago, y las hará mayores que éstas (Juan 14:12). Parará las tempestades y andará sobre las aguas, y multiplicará los panes y los peces, y resucitará muertos. ¡Y más que esto promete Jesús!

Carisma de Profecía - La profecía es hablar a los hombres de parte de Dios, y nos anima San Pablo a que aspiremos sobre todo al don de profecía (1 Cor. 14:1), y la define así: El que profetiza habla a los hombres para su edificación, exhortación, y consolación (1 Cor.14:3).

Carisma de Discernimiento de Espíritus - Es diferenciar lo que viene del bien y el mal. Éste se necesita mucho en los últimos tiempos, porque hay muchos falsos profetas y mesías...

Carisma de Lenguas - Es hablar en la lengua que el Espíritu Santo quiera. El que habla en lenguas habla a Dios, no a los hombres, pues nadie le entiende, diciendo su espíritu cosas misteriosas (1 Cor. 14:2). Sirve para la edificación de la persona.

Carisma de Interpretación de Lenguas - Cuando uno habla en lenguas no entiende lo que dice, ni ningún otro, a excepción del que Dios le ha dado este carisma especial de poder entender e interpretar lo que el hermano oró o cantó en lenguas.

La gran riqueza de la Renovación Carismática Católica son los dones y carismas con que el Espíritu Santo adorna a aquellos que se abren generosamente a su acción divina. En verdad, la Renovación vive de estos dones que manifiestan con pena libertad, que traen alegría o vigor y en profundo clima espiritual que se vive en sus grupos de oración o en sus comunidades.

Bendiciones,


Fuentes: Editorial Kyrios, Carismáticos-Hispanos

22 de abril de 2010

21 de abril de 2010

Examínenlo todo, retengan lo bueno (1 Ts 5, 19-21)

Mucho más fácil es dejar llevar por la costumbre que ser diferente. Ser diferente no significa ser raro, sino, al contrario, es ser uno mismo. A propósito, es el mismo Espíritu Santo quien nos promueve a la plenitud de nuestro "ser". Mientras que el entorno donde nos movemos a menudo nos limita, o nos recorta la personalidad, o al menos procura dificultarnos las cosas.

Sólo Dios es nuestra verdadera libertad (Ga 5,1)

Que parezca fácil dejarse llevar no detiene la propuesta del Señor, y no es que nos venga a complicar, sino que nos ofrece los mejor, una vida plena, inspirada y animada por Amor. Nos lleva al máximo total. Si vivir en el Espíritu luce más riesgoso que aferrarse a esquemas ya hechos, no debe atemorizarnos si las confundimos con mociones propias; es, en rigor, nuestra única alternativa en el Señor. ¿De que otra manera vamos a vivir? ¿Conducidos por el mundo, por el gusto de cosas que no alcanzan a saciarnos o conducidos por el Espíritu de Dios? (Ga 5,16)

Así pues, estas mismas cosas son claras para los que andan según el mismo Espíritu y no entendidas por los demás (Rm 8,5), porque ocuparse del Espíritu Santo es tener vida y paz (Rm 8,6)

Con todo, la recomendación a los tesalonicenses sigue en plena vigencia "no apaguen, no extingan, no sofoquen, no ahoguen el fuego del Espíritu". Estemos bien atentos al Señor. El nos acompaña continuamente, con todos sus dones y desparramando carismas en su Iglesia para edificación de todos.

Por último, andar en el Espíritu es reconciliación , en vez de rencor. Es paz, en vez de violencia; es luz en vez de tinieblas; es verdad en lugar de mentiras o dobles mensajes; es honestidad en vez de hipocresía; es valor en lugar de cobardía; es fe en lugar de dudas; esperanza contra toda desesperanza y, finalmente, un amor a roda prueba que vence al mal en todas sus formas.

Donde está el Espíritu de Dios, allí hay libertad (2 Co 3,17; Rm 8,21)

Bendiciones,



Fuente: RCC, revista Resurrección

20 de abril de 2010

Fe y perdón

"Los que aman a Jesús por el mismo Jesús y no por algún consuelo que de él reciben, lo bendicen tanto en la adversidad y en la angustia del corazón como en las más elevadas alegrías. Y aunque si nunca les quiere otorgar consuelo, siempre alaban y le dan gracias. ¡Oh! ¡Cuanto puede el amor hacia Jesús cuando es puro y exento de todo egoísmo y provecho personal! ¿No se debería llamar mercenarios a todos lo que siempre buscan consuelos? ¿No demuestran más amor a si mismos que a Cristo los que cuelgan siempre sus comodidades y ventajas?"

Esta reflexión correspondiente al día de hoy en La Imitación de Cristo de Tomás de Kempis es tan dura que me lleva a preguntar sobre la misericordia del Señor. A preguntarme sobre el llamado que Él mismo hace a los que están agobiados y cansados. A preguntarme lo mismo que ayer, los alcances del perdón, el del Señor y el mío propio.

Sin duda, todos hemos escuchado alguna vez, o quizá la hemos dicho, o al menos la hemos pensado, aquella expresión desgraciada: “Por que yo he hecho, no tengo perdón de Dios”.

La hemos calificado como “desgraciada”, porque quien la expresa seriamente, o tal vez como una de tantas expresiones que se manifiestan de manera inconsciente -aunque si la repite mucho, puede llegar a creerla y actuar en consecuencia-, seguramente no tiene consigo la gracia divina, es decir, no vive una relación de amistad con Dios.

Ahora bien, de manera sencilla, podemos decir que la gracia es la manifestación gratuita de la bondad de Dios, la acción que Él realiza acercándonos a sí mismo, para que seamos sus Hijos. Por ende, quien no tiene esa relación amorosa, amistosa con Dios, no puede ser sujeto -no reconoce y no recibe- de esa bondad gratuita, de esa acción que nos transforma en hijos de Él, y por tanto no se tiene su gracia.

Para poder recibir esa gracia, ser sujetos de su acción y llegar a ser sus hijos, es indispensable amar a Dios; para amarlo, se requiere conocerlo, y para conocerlo se necesita ir a las fuentes de la Revelación, con toda humildad y sencillez, dispuestos a escucharlo y abiertos al don de la fe, para aceptar y creer todo lo que dicha Revelación.

De esa manera, para creer y vivir el perdón de Dios, quien nos perdona siempre y en todo, así sea el pecado más grande, más abominable -a excepción del pecado al que Jesús denominó “el pecado contra el Espíritu Santo”, que no es otro que negar al mismo Cristo como Dios, Salvador, Señor y Mesías, y negarse a recibir la misericordia de Dios- es preciso creer en Él, creerle a Él y vivir como Él, que es en sí la forma más perfecta de amarlo, y no sólo con los sentimientos, porque éstos son muy frágiles y cambiantes.

Un ejemplo contundente de quien recibió el perdón porque creyó, y de quien no creyó y no reconoció, aceptó ni recibió el perdón, son el apóstol san Pedro y el apóstol Judas, respectivamente.

El primero, a pesar de haber vivido tan estrechamente unido a Jesús durante tres años; de haber sido testigo de las maravillas y milagros que Éste realizó; de haber escuchado sus palabras y sus promesas; de haber experimentado su gran amor, su bondad y su misericordia, en el momento decisivo negó a Jesús, aun habiéndoselo Él vaticinado; mas Pedro creyó, y a pesar de su gran traición y pecado, nunca dijo que él no tendría perdón de Dios, sino que inmediatamente se arrepintió, lloró y pidió perdón. Y lo recibió de inmediato y se confirmó en el momento aquel que nos narra el Evangelio de hoy, cuando Jesús le pregunta tres veces si lo ama y Pedro responde otras tantas que sí, de una manera en verdad conmovedora, manifestando así esa fe y ese amor sintiéndose perdonado.

Del segundo no hay mucho que decir; Judas no creyó en esa misericordia, y por su remordimiento -que no arrepentimiento-, se llenó de angustia y desesperación que lo llevaron a un fin tan trágico como fue el suicidio.

Finalmente, podemos decir que la expresión a que hacemos referencia al principio, es también desgraciada, porque quien vive en el pecado sin experimentar el amor de Dios a través de su misericordia y su perdón, no puede encontrar ni vivir la verdadera paz, la que nos vino a traer Jesús, y su vida estará impregnada del desamor, la permanente zozobra, la envidia, la intolerancia, la injusticia, la mentira, la frustración, etc.

Termino esta reflexión recordando las palabras de Dios a través del profeta Isaías: “Busquen al Señor ahora que lo pueden encontrar”.

Bendiciones,


Aportes de Francisco Javier Cruz Luna

19 de abril de 2010

Morir y resucitar

Terminó la Semana Mayor, una vez más los católicos conmemoramos el Misterio de la Salvación, expresado en la pasión, crucifixión, muerte y resurrección de Jesucristo… El Mesías, el Cordero, que al sacrificar su vida por nosotros, redimió nuestros pecados y abrió nuestra historia a la esperanza de la Misericordia Divina. Una vez más los templos se vieron repletos de fieles, ardió el incienso, la fe vibró con ardor en las procesiones, las alabanzas llegaron con su eco hasta los cielos, se encendieron los cirios, se proclamaron las escrituras, las siete palabras fueron pronunciadas de nuevo… María Magdalena una vez más descubrió la tumba vacía de Jesús y otra vez, el milagro de la vida nueva tocó los corazones y las ilusiones de todos.

Estas fechas son maravillosas cuando permiten que la fe tome un aire de vigor, cuando ensalza las almas de los creyentes y nos ayuda a comprender que morir y resucitar es posible, también para nosotros.

No me refiero en principio a la muerte física, la cual tendrá su tiempo para cada cual. Propongo morir a los pensamientos, convicciones y conductas que nos impiden ser felices, alcanzar nuestros sueños y convivir en paz.

Morir, en principio al rencor, el resentimiento y la venganza. En mayor o menor medida, todos cargamos algún sentimiento negativo en el corazón, alguna historia mal concluida, una intención de revancha, cualquier deseo oscuro hacia alguien que nos generó un daño. Una frase maravillosa reza: “El rencor es como el ácido, destruye al recipiente que lo contiene”. Por tanto es necesario morir al odio y dejar que todo lo que esté asociado a él se vuelva cenizas para siempre.

Morir, también al pasado. A veces nos quedamos con la mente y el alma puestos en tiempos idos, bien porque fueron tan gratos que no hemos logrado otros iguales, y mantenemos añorando lo que ya no existe y vivimos extrañando a quienes ya no están. Bien, porque fueron tristes, y no hemos logrado superar el dolor que nos causan los hechos que ocurrieron. Por lo que sea, nos perdemos un presente maravilloso mientras permitimos que el ayer nos agobie.

Luego de la muerte, viene la puerta llena de luz llamada resurrección. Como Él, nosotros también podemos resucitar… ¿A qué?

En primer lugar, al perdón, bálsamo bendito que puede sanar cualquier herida, dejar atrás cualquier ofensa y ayudarnos a borrar todo dolor. Aprender a perdonar, a nosotros mismos por lo que hicimos o dejamos de hacer, y a los otros, por sucesos que nos causaron sufrimiento, es la mejor manera de limpiar el alma para comenzar otra vez.

En segundo lugar, a la esperanza. Albergar en nuestro interior la profunda convicción de la posibilidad de algo mejor, saber que cosas buenas vienen para nosotros y debemos aprender a esperarlas con paciencia y alegría, comprender que la vida misma es un milagro y solo respirar constituye una enorme ganancia, entender que Dios tiene para nuestros sacrificios, recompensas infinitas y por ser sus hijos, tenemos como herencia el mundo entero. Esperar, sin ansiedades, sabiendo que todo lo que deseemos con fervor y luchemos con perseverancia, será para nosotros.

En tercer lugar, a la felicidad. Qué bueno dejar de sufrir, bajarnos de la cruz, quitarnos los clavos y abrir el espíritu y el pensamiento a la dicha.

Qué bueno recibir cada mañana con la conciencia de lo eterno y saber que estamos vivos, y eso representa una buena noticia siempre. Aprender a ser felices desde la simplicidad, a disfrutarlo todo, a vivir con entusiasmo, renovados y resucitados.

Bendiciones,

Colaboración de Ángela María Alzate Manjarrés

18 de abril de 2010

El rostro de Dios, anhelo del hombre

Catequesis pronunciada por Juan Pablo II durante una audiencia, publicada en L'Osservatore Romano el 15 de enero de 1999


"Nos hiciste, Señor, para tí, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en tí". Esta célebre afirmación, con la comienzan las Confesiones de San Agustín, expresa eficazmente la necesidad insuprimible que impulsa al hombre a buscar el rostro de Dios. Es una experiencia atestiguada por la diversas tradiciones religiosas. "Ya desde la antiguedad -dijo el Concilio- y hasta el momento actual, se encuentran en los diferentes pueblos una cierta percepción de aquella fuerza misteriosa que esta presente en la marcha de las cosas y en los acontecimientos de la vida humana, y a veces también el reconocimiento de la suma divinidad e incluso del Padre"(Nosztra aetate,2)

En realidad, muchas plegarias de la literatura religiosa universal manifiestan la convicción de que el Ser supremo puede ser percibido e invocado como una padre, al que se llega a través de la experiencia de la solicitud amorosa del padre terreno. Precisamente esta relación ha suscitado algunas corrientes del ateísmo contemporáneo la sospecha de que la idea misma de Dios es la proyección de la imagen paterna. Esta sospecha, en realidad, es infundada.

Sin embargo, es verdad que, partiendo de su experiencia, el hombre siente la tentación de imaginar a la divinidad con rasgos antropomórficos que reflejan demasiado el mundo humano. Así, la búsqueda de Dios se realiza a "tientas", como dijo San Pablo en el discurso a los atenienses (Hech 17,27). Por consiguiente, es preciso tener presente esta claroscuro de la experiencia religiosa, conscientes de que sólo la revelación plena, en la que Dios mismo se manifiesta, puede disipar las sombras y los equívocos y hacer que resplandezca la luz.

La bendición de Dios, otorgada a su pueblo por la mediación sacerdotal de Aarón, insiste precisamente en esta manifestación luminosa del rostro de Dios: "El Señor ilumine su rostro sobre tí y te sea propicio. EL Señor te muestre su rostro y te conceda la paz" (Nm 6, 25-26)

Bendiciones


Revista RESURRECCION, Nº 76

17 de abril de 2010

Turbulencias

Períodos de turbulencia existen en la vida personal, en los ritmos sociales y culturales, en las instituciones y, en el marco de la globalización contemporánea, en la humanidad como conjunto. Del modo de responder a las crisis depende en buena medida el crecimiento o el derrumbe de los pueblos y las civilizaciones.

Es indiscutible que los escándalos por los casos de abuso de menores por parte de sacerdotes ha sido un duro golpe para la Iglesia. Muchos han observado sensatamente que los porcentajes de abuso que se presentan entre ministros católicos son, en realidad, mucho menores a los que ocurren en otros ámbitos de la sociedad, entre los que lamentablemente destacan los que tienen lugar al interno de las mismas familias.

Sin embargo, eso no justifica que exista un solo caso en la Iglesia. La naturaleza de la comunidad creyente y el servicio ministerial que en ella se presta convierten en una acción doblemente aberrante cualquier situación semejante. Esto debe ser dicho con claridad en los foros correspondientes.

Por otro lado, también debe observarse que la avalancha mediática que se ha seguido, en ocasiones por simple inercia pero en otras con claras manipulaciones en el manejo de la información, tendiendo al descrédito total de la Iglesia, es claramente un despropósito. Voces no siempre creyentes han sido las primeras que han lamentado que se desautorice a una institución que lleva a cabo tantas obras de bien a favor de sus semejantes a partir de las acusaciones presentadas. Se ha orillado a un linchamiento que –como suele suceder en todo linchamiento– puede ser enormemente injusto.

Sólo la verdad nos hace libres. Y sólo sobre la verdad se puede llevar a cabo la justicia. Por supuesto que no es justo encubrir a un culpable, pero tampoco es justo acribillar a inocentes para descargar la furia. Cada quien debe dar razón de sus actos en los tribunales correspondientes, y ello incluye el tribunal de Dios. En el nivel humano, los reclamos de transparencia en los procedimientos se encuentran totalmente justificados, pero su finalidad no debe ser otra que la de la de buscar un auténtico deslinde de responsabilidades.

En estos últimos meses, tal vez nadie ha sido más duramente atacado que el Santo Padre. Ello demuestra precisamente una visión torcida. En el amarillismo del imaginario colectivo, nada más atractivo que ver ajusticiado a un personaje famoso. Lo cierto es que tenemos ante nuestros ojos una atroz paradoja, pues si alguien ha trabajado firmemente por la purificación de la Iglesia y es personalmente un ser humano de una exquisita bondad es el Papa Benedicto XVI. Pero finalmente, no nos debe extrañar que al pastor universal de la comunidad católica le toque cargar con semejante peso; es, finalmente, parte de su ministerio, y los creyentes hemos de acompañarlo con la comunión de nuestra oración y fidelidad.

En el momento presente, la turbulencia puede resultar cruel para muchas personas buenas. Simplemente el ver cómo el tema se convierte en un asunto obligado en muchos espacios resulta duro y asfixiante. Aquí mismo hemos podido ver cómo quienes por algún motivo nos encontramos en medios de comunicación somos bombardeados con todo tipo de insultos. En lo personal, no me desaniman. La indignación es comprensible, cuando es sincera; la manipulación que de ello se quiera hacer será responsabilidad de quienes la realicen.

Pero más allá de todo esto, lo cierto es que una nueva paradoja resulta siempre que se dan este tipo de situaciones, pues dan pie a que la fe verdadera y la auténtica razón de ser de la comunidad de fe se refuercen. Permiten, en efecto, una purificación de las motivaciones y las acciones, que llega más lejos que el contenido de las acusaciones. Para la Iglesia en su totalidad –ministros y fieles laicos– es una interpelación a vivir congruentemente la fe. Esto no puede sino ayudar cualitativamente a la Iglesia. Para los candidatos que se preparan a la sagrada ordenación, esto se convierte en una extraordinaria oportunidad para revisar muy detenidamente sus intenciones y capacidades, y no sólo en lo que se refiere a la integridad afectiva; en efecto, en las actuales condiciones se aleja el peligro de buscar una posición cómoda en la vida y se manifiestan con más claridad las exigencias del ministerio. Todo esto no puede sino resultar benéfico: limpiará la faz de la Iglesia sobre la que se debe poder ver nítido el rostro de Cristo.

Son las facetas inefables de la Pascua. Por algo Pascal decía en su Misterio de Jesús que el Resucitado sólo permitió que le tocaran las heridas en su cuerpo glorificado.

Bendiciones,


Sobre textos de Julián López Amozurrutia

16 de abril de 2010

El rinconcito de María - I

Jesús, es la luz del mundo

A aquella mujer sorprendida en adulterio no la dejó sola con el consejo de no quieras pecar más. También le reveló el camino para dejar de pecar, cuando dice Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida. Todos necesitamos esta luz que no es otra cosa que la sabiduría de Dios, la mente de Cristo (1 Co 2,16) y sus sentimientos pues nos debemos revestir de ellos (Flp 2,5). Esta es la manera concreta de seguir a mi Hijo.

Para ello les ayudará el Espíritu Santo que les da la vida en Cristo Jesús (Rm 8,2), gracias a quien le pertenecen a Jesucristo (Rm 8,9) y al Padre (Rm 8,14); pues gracias a Él podemos decir ¡Abba Padre! y ¡Jesús es el Señor!. Cuando el amor de Dios, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo entra en el corazón de las personas, entonces estamos recibiendo esta luz de Dios y es precisamente la que no nos deja caminar en tinieblas, es decir, en la duda, en la indefinición, en el abstracto, en el temor, en la debilidad, en la desconfianza, en la ineficacia del bien, en la contradicción.

Fíjense como en el cielo no habrá más luminarias porque Dios será la luz. También en este mundo Jesús es la luz para todos los que vienen a este mundo, no de la manera perfecta y plena como en el cielo, pero si de una manera propia y eficaz tal como puede darse en la tierra. Puede darse también y, no pocos lo saben, como una luz que brilla de múltiples maneras en la intimidad de los creyentes y como carisma del Espíritu Santo. Por ello vemos a Dios como puede ser visto en este mundo, no cara a cara, sino de otra manera. De un modo parcial, como en un espejo, en enigma. Pablo contrapone esta visión terrena con la visión cara a cara propia del cielo y de la visión beatífica.

Pero no es de despreciar esta visión de las cosas de Dios por los carismas del Espíritu Santo, pues es el único modo como pueden ustedes ver y oír y hasta recibir aquellas cosas que están reservadas para los que aman a Dios, pues se les ha revelado que estas cosas las revela el Espíritu Santo: él todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios; es el que conoce lo intimo de Dios (1 Col 2, 9-11) y lo íntimo de los hombres.

Por aquí va el camino de seguimiento de mi Hijo y una vez enlazados con Él por obra y gracia del Espíritu Él se transforma en luz permanente para ustedes, hasta que conozcan aquella otra Luz perfecta en el cielo, donde ya no habrá llanto ni quejido.

"Por esta luz conocí los carismas, me dijo uno de ustedes, y por los carismas conocí mejor a Dios y todas sus maravillas y, por ellos, me enamore de la Trinidad, de la Iglesia, de tí, Madre de Dios, de la oración, de la liturgia, de los sacramentos, de los sacerdotes, de los obispos y papas, de las Escrituras y por el amor que todo esto significa, me vi un día que entraba en la ley de Espíritu, que es amor y puede verme libre de aquella otra ley del pecado y de la muerte, a pesar de toda mi fidelidad". Gracias pecadora sorprendida en adulterio, perdonada por Jesús, y que por tu causa él nos ha mostrado su misericordia, y la ha empleado con generosidad en todos ustedes y la seguirá empleando.

Bendiciones


Fuente: RESURRECCIÓN, revista de la RCC, Nº 64

15 de abril de 2010

Dialogando con nuestra propia sombra

Muchas veces encontramos en nosotros mismos –en nuestra vida cotidiana, en nuestra relación con los demás o en el ejercicio de la propia introspección- una serie de imperfecciones que se van acumulando como esas diminutas suspensiones de polvo que sólo se ven flotar cuando las atraviesa un rayo de luz.

Esas realidades -que están en nosotros mismos y ejercen su propia influencia y que no siempre vemos sino solamente cuando existe alguna luz interior que las ilumina- es lo que la psicología y la espiritualidad llaman “la sombra”.

Reflexionar acerca de nuestra “sombra” es otra manera de hablar de nosotros mismos. La sombra que tenemos y que proyectamos es también la sombra que somos. No es algo extraño y ajeno. No es algo exterior. Al contrario, es interior a nosotros mismos y a nuestra conciencia.

En la vida espiritual y en la madurez humana, el encuentro con uno mismo -generalmente iniciando del proceso- comienza dialogando con la propia sombra. La sombra es un pasadizo, una puerta estrecha, un espacio subterráneo y oculto, un sótano oscuro. Al bajar a ese pozo hondo y húmedo, siempre se siente el dolor y el esfuerzo del estrechamiento y angostamiento que implica cruzar esa puerta y descender a ese túnel. Sin embargo, es absolutamente necesario aprender a conocerse uno mismo. Por sorpresa, lo que se encuentra somos nosotros mismos en uno de nuestros rostros menos conocidos o el que menos queremos ver y reconocer: una vasta extensión de incertidumbres, con un sin número de enigmas por resolver y muchas preguntas que se han quedado sin contestar.

Cada uno habita su propia sombra. Cada uno la tiene. Cada uno “es” una y muchas sombras a la vez. Nuestro lado sombrío no siempre necesariamente es un “lado oscuro”. La oscuridad y la sombra son diferentes. La oscuridad es negación de luz. La sombra -en cambio- requiere de luz. Sin ella, la sombra no existe, no puede marcar su contraste. Esto que sucede en el ámbito físico también acontece en el plano psicológico y espiritual. La sombra sólo queda expuesta cuando irrumpe la manifestación de la luz. Para que exista la percepción de la sombra es siempre necesaria la exposición de la luz. Sin luz, no hay sombra.

Incluso para la fe, la oscuridad y la sombra son distintas. La oscuridad es signo de mal, de pecado y de muerte. La sombra, en cambio, mezcla de luminosidad y de opacacidad, es signo sólo de imperfección. Es el “otro lado” de las cosas, su reflejo velado y sin brillo. Sólo quien ha descubierto la luz puede contemplar -en paz- su propia sombra. Hay que seguir buscando dentro. Nada, ni nadie es perfecto. Todo tiene su mezcla de luz y sombra, de sombra y luz. A veces es eso todo lo uno puede dar. Sólo basta encontrar y cuidar esa pequeña luz de la vida. No hay que dejarla apagar, aunque esté sostenida por la fragilidad del amor.

Bendiciones


Fuente: Eduardo Casas - Contenido de Espiritualidad para el siglo XXI - Radio María

14 de abril de 2010

Pascua, los regalos de Cristo

Recibir una carta del extranjero o un regalo inesperado nos produce una profunda alegría porque significa que hay una persona que piensa en mí, que aunque la distancia nos separe, estoy presente en su mente y corazón.

Jesucristo un día emprendió un viaje del todo inesperado. Se fue a donde todos llegan, pero de donde nadie regresa. Después de su pasión y muerte descendió a los infiernos, como recita el credo, para despertar a los justos que aguardaban la redención, la restauración del orden quebrantado por el pecado. Comenzando por Adán, todos se alegraron por la llegada victoriosa de rey tan poderoso. De este viaje nos trajo tres regalos para ayudarnos a fortalecer nuestra fe y para que no seamos incrédulos, sino creyentes.

Cristo resucitado nos trajo la paz. La paz que nace de saber que no hemos sido engañados en la fe que profesamos, sino que Cristo es realmente el Hijo de Dios. La paz, que es fruto de la feliz esperanza en Dios Padre celestial que nos dio la vida y que nos aguarda en el cielo. No se trata de sueños infantiles, sino de una certeza que nace de la Resurrección. "Porque si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe" (I Cor. 15,17). La Iglesia es también prueba de la presencia viva de Cristo, pues ante tanta fragilidad humana, ¿cómo es posible que permanezca siempre joven con dos mil años de historia a sus espaldas? Cristo va en la barca y lleva sus manos puestas en el timón de su Iglesia.

Cristo nos trajo al Espíritu Santo. Cristo pagó el precio de nuestro rescate con el sacrificio de su muerte en la cruz y, como último gran don, nos da la vida nueva nacida del Espíritu Santo a través de los sacramentos que nos alimentan, nos curan y santifican. Dios se hace presente a través de esos signos visibles que llamamos sacramentos. Cada uno de ellos es una caricia de la misericordia que unge, enardece, consuela e ilumina. El Espíritu de la verdad nos conduce a la verdad plena y para experimentarlo sólo hay que saber escucharlo en el silencio de la oración.

Finalmente, nos ofrece el don de sí mismo. Si contemplamos a Cristo resucitado nos daremos cuenta de que en su cuerpo glorificado, un cuerpo libre de las ataduras del pecado, conserva las huellas de su doloroso martirio. Le dijo a Tomás: "Trae tu mano y métela en mi costado; trae tu dedo y ponlo en las heridas de los clavos" (Jn. 20,22). Dios se tomó muy en serio nuestra creación y redención. En su cuerpo victorioso conserva los estigmas de su martirio, para que no olvidemos cuánto nos ha amado.

Pascua es paso del pecado a la gracia, del rencor al perdón, de la tristeza al gozo. Pascua es paso de la duda a la fe, del resentimiento a la alabanza, del ensimismamiento a la entrega, de la soledad a la pertenencia comunitaria.



Aportes de José Otoalaurucchi

12 de abril de 2010

La firmeza de nuestra voluntad

Muchas herejías, no todas, se basan a veces en grandes verdades, pero que han sido mal entendidas. El pelagianismo, condenado por la Iglesia en el año 477 (d.C) al decir que la naturaleza humana creada por Dios es perfecta en sí misma y que entonces solamente por el ejercicio de las virtudes obtenemos el reino de los cielos, exaltaba la voluntad como el instrumento por el cual somo salvados.

Este desenfoque de la voluntad humana arrasaba y sigue arrasando con muchas verdades reveladas que nos dicen lo contrario y, sobretodo, que no basta la voluntad que precede de nosotros, sino de aquella otra voluntad infinitamente más fuerte que procede del Espíritu Santo como don de fortaleza y que viene de él mismo como fruto de la fidelidad y del dominio de sí. ¿Quién puede dudar que se necesita una voluntad extraordinaria para cumplir con el evangelio que es una exigencia sin fin de perfección y santidad?

Pero la realidad revelada es que nuestra voluntad ha sido gravemente herida por el pecado original, y continuamente tentada por lo pecaminoso, que es la permanente inclinación hacia el pecado, total herencia del pecado original. ¿Cómo llegar entonces a tener esa voluntad que nos hace cumplir con todos los preceptos y normas, con el evangelio y todo lo que Dios nos pide, que es nada menos que la Santidad misma?

Primero, reconocernos pecadores, enfermos, limitados, porque esa es nuestra realidad revelada por Dios y vivida por nosotros como profunda experiencia, a tal punto que Jesús nos dice "... para ustedes es imposible salvarse". En segundo lugar, es necesario creer en la fuerza que viene de lo alto como don para el hombre que carece totalmente de esa fuerza. Al creer en ella se abre al Espíritu y lo acoge. Con es fuerza, que es sobretodo fuerza de amor de Dios, en su plan misericordioso, se restituye aquella firmeza de voluntad que nadie en este mundo posee si no le es dada; a tal punto que Jesús nos dice que nos salvamos gracias a Dios porque "...para Dios todas las cosas son posibles".

Esta es la gran verdad: necesitamos una voluntad fuerte, pero con la fuerza que nos viene de Dios, no con la que procede de la naturaleza humana, porque sencillamente no nos es suficiente para las cosas de Dios. De este modo, nuestra voluntad enferma es sanada por Dios, y vencemos. ¡Si que vencemos! Pero ¡gracias a Dios! Para lograr pues esta voluntad sanada y hecha fuerte, primero necesitamos creer a Dios, luego conocer nuestra realidad tal como es y finalmente saber acoger el don del Espíritu Santo en lo cual consiste la victoria del cristianismo.

Cuando recitamos el pésame, hacemos una fuerte proposición no solo de no pecar más , sino de evitar todas las ocasiones de pecado; si creemos que eso lo podemos hacer nosotros solos, sin la ayuda de la gracia de divina, estaríamos cayendo en el pelagianismo más absurdo; pero si sabemos que eso únicamente lo podemos hacer con la fuerza que viene de lo alto, estaremos viviendo en cristiano, obedeciendo a Dios, teniendo en cuenta su palabra viva y sobretodo teniendo en cuenta la realidad de Dios y la nuestra.

Bendiciones,

11 de abril de 2010

Fiesta de la Divina Misericordia


A grandes males, grandes remedios

En el siglo XVII, el pensamiento jansenista había sembrado en toda Europa una ola de desconfianza ante un Dios al que se le presentaba lejano, justiciero, con los fríos perfiles de un racionalismo deísta. No quedaba más que el temor y la desesperación ante ese Dios. La Divina Providencia, a través de una religiosa francesa llamada Margarita María Alacoque, nos presenta la figura de un Dios amor. El nos ama a corazón abierto. El se ha hecho hombre para que el hombre pueda sentir cercano todo su amor. Es la devoción al Corazón de Jesús que de niños nos enseñaron.

Situemosno en el siglo XX. Europa está inmersa en guerras que no cesan. El marxismo presenta la religión como «el opio del pueblo», un Dios enemigo del hombre. Una sombría desesperanza atenaza a muchas gentes al quedarse sin Dios. En este contexto aparece otra monja, la que será Santa Faustina Kowalska, que haciéndose acreedora de unas revelaciones, nos hará comprender que Dios Padre es misericordioso, pues la salvación la tenemos en su Hijo Jesús que por nosotros entregó su vida en la cruz.

Efectivamente, el 22 de mayo del 2000 el Papa Juan Pablo II declaró el domingo II de Pascua, que hoy celebramos, como la fiesta de la Divina Misericordia. Y para explicar el sentido de esta fiesta, el Papa escribió una de sus mas bellas encíclicas «Dives in Misericordia» para hacernos sentir el misterio de la bondad y misericordia de Dios.

El Papa Benedicto recuerda que hay tres grandes enfermedades que corroen el alma cristiana de occidente: El individualismo, el hedonismo, el relativismo. Estas tres tienen el denominador común de ser una desesperación interior que lleva al hombre a pegarse compulsivamente a lo material y marchar por la vida como cegos que ven. Ante esta situación el mensaje de hoy quiere decirnos: «Yo soy un Dios de misericordia. Yo soy un Dios amor para ti. Yo no quiero más que tu bien, quiero que seas feliz, ten también tú entrañas de misericordia para tus semejantes».

¿Por qué precisamente es este domingo la fiesta de la Divina Misericordia? Porque el evangelio de hoy nos muestra a Jesús resucitado, lleno de misericordia hacia sus discípulos cuando les dice: «Paz a vosotros, como el Padre me ha enviado, así os envío yo» Y les da su Espíritu para llevar el perdón a toda criatura. Así vemos cómo Jesús no viene en plan justiciero para decirles: me vais a oír, me las vais a pagar todas juntas, me dejasteis tirado en la pasión como una colilla…Nada. Olvido total. Les hace mirar hacia delante, porque con su Espíritu el futuro será de ellos.

Dicen los psicólogos que no hay peor cosa que mirar al pasado y lamentar lo que ya no tiene remedio, o estar llenos de miedo por lo que nos pueda traer el futuro. Jesús habla de presente: «paz a vosotros» Paz y perdón. Con mi espíritu a caminar fuertes por la vida. Yo estoy siempre a vuestro lado. Yo soy un Dios de misericordia.

El evangelio nos recuerda como al pobre Tomás se le llenaba la boca de bravatas, y profesiones de no creer en el resucitado. «Si no veo, no creo». Es el grito de tanto «positivista» contemporáneo. Al acercarse Jesús ocho días después Tomás cae de rodillas para decir: «Señor mío y Dios mío» Que esta plegaria sea nuestra plegaria para llenar nuestras almas de luz, porque hemos puesto nuestra confianza en un Dios que es perdón y misericordia.

Bendiciones


Fuente

10 de abril de 2010

Sursum corda

Esta expresión latina significa arriba los corazones y reflejar el gozo de todos los cristianos luego de la celebración de Pascua de Resurrección. ¿Quien no siente emoción al saber que por medio de Cristo se ha vencido a la muerte? Con este sentimiento, la reflexión de hoy, muestra la coincidencia de cristianos y judíos en la celebración de la Pascua, fiesta que, de una u otra forma, con una concepción u otra, siempre es una fiesta de liberación.

A pesar de ciertas divergencias en las fechas concretas de la celebración, judíos y diferentes confesiones cristianas coincidimos en celebrar la Pascua. Para el pueblo judío, se trata ante todo de la memoria de la liberación de la esclavitud de Egipto, una gesta que independientemente de los detalles históricos que puedan reconstruirse se convierte en referente fundacional de su identidad como pueblo y como religión. Para los cristianos, en una conmemoración igualmente fundacional, se trata de la profesión de fe en la resurrección de Jesucristo: el mismo que murió en la Cruz, de acuerdo con nuestras creencias, volvió a la vida haciendo que irrumpiera de manera definitiva la oferta divina de salvación para todos los hombres.

Para todo hombre de buena voluntad, incluso aquel que por cualquier motivo no pueda participar de la fe, el entorno nos invita a celebrar la vida y la libertad. La Pascua es, en este sentido, un anuncio de la vida vencedora. Más allá de los múltiples signos de muerte y corrupción que nos pueden rodear, el renacimiento de la vida nos coloca delante de un auténtico milagro. Para nosotros, los que hemos recibido de la naturaleza la peculiaridad de ser una vida consciente, una vida que se reconoce vida, una vida que enfrenta la muerte, una vida que es capaz de cuestionarse sobre su mismo ser, es un llamado a la admiración y a la gratitud.

Dentro de la Misa católica, al iniciar la gran oración que llamamos “plegaria eucarística”, existe esta bella expresión: Sursum corda! ¡Levantemos el corazón! ¡Arriba los corazones! Se trata de una invitación que realiza el sacerdote y a la cual la asamblea responde: “Lo tenemos levantado hacia el Señor”. “Levantarse” es signo plástico de la resurrección. En una de sus tradiciones más antiguas, los judíos eran invitados a cenar la pascua de pie, indicando la prontitud de su disponibilidad para emprender el camino de la liberación. Contrario a una postración resignada, a un abatimiento derrotado, se deja ver con ello el movimiento de la vida que se yergue con dignidad.

En la Pascua se delinea, así, una actitud interior cargada de esperanza. No se concentra en un pasado que se añora con nostalgia o del cual se lamenta por las heridas que pudo haber dejado. El “paso” que late en la expresión “pascua” supone una ritualidad capaz de dejar atrás ese pasado para seguir caminando y ser mejor. No se niega el camino ya recorrido; incluso se le puede ver con alegría en sus luces y reconciliado en sus sombras. Pero la dominante es una apuesta por la vida nueva posible, por el horizonte de sentido que se encuentra delante, aunque sus contornos precisos resulten aún desconocidos.

Para los cristianos, la Pascua es ocasión de felicitarnos por la resurrección de Cristo; Su presencia en medio de nosotros nos consuela y anima, nos mantiene despiertos y vigilantes, alegres y esperanzados. Pero la fiesta se amplía a todos aquellos hermanos nuestros que se pueden encontrar decaídos por cualquier motivo, esclavizados o desesperados. Para todos hay un abrazo que conoce la dignidad humana y desea comprometerse en su defensa. Aprovecho esta publicación en la primera semana de Pascua para desear a todos los lectores de Octavo Día que en sus corazones haya paz y mucho gozo.

Bendiciones,


Sobre textos de Julián López Amozurrutia

9 de abril de 2010

8 de abril de 2010

Los escándalos: entre el suicidio y la santidad

El siguiente texto es un extracto de la homilía del sacerdote Franciscano P. Roger J. Landry, que fue pronunciada en la Parroquia del Espíritu Santo en Fall River, MA (Estados Unidos) y que nos fue enviado por el padre Alcides Salinas, ex párroco de la capilla de los Emigrantes del Seminario, quien actualmente reside en Lima - Perú, donde se desempeña como secretario del Obispado. Por considerarlo de interés para nuestros lectores lo publicamos in extenso.

Ante los repetidos escándalos que sacuden a la Iglesia, lo primero que necesitamos hacer es acudir a la luz de la fe. Sabemos que Jesucristo eligió a doce apóstoles. Sabemos también que uno de ellos, a pesar de haber sido objeto de una predilección divina, lo traicionó. Judas, como los demás, expulsó demonios, curó enfermos, predicó, paladeó la amistad con Cristo. Y, pese a todo, le vendió por treinta monedas. A veces, los elegidos de Dios lo traicionan. Este es un hecho que debemos asumir. Es un hecho que la primera Iglesia asumió. Si la primitiva Iglesia se hubiera centrado únicamente en el escándalo de Judas, habría estado acabada antes de comenzar a crecer.

En vez de ello, la Iglesia reconoció que no se debe juzgar algo por aquellos que no lo viven, sino por quienes sí lo viven. Y en vez de centrarse en aquel que entregó a Jesús, se centraron en los otros once, que se mantuvieron leales hasta el fin.

Hoy somos interpelados por esa misma realidad. Podemos centrarnos en aquellos que traicionaron al Señor, o, como la primera Iglesia, podemos enfocarnos en los demás, en los que han permanecido fieles, esos sacerdotes que siguen ofreciendo sus vidas para servir a Cristo y a las almas. Los medios de comunicación casi nunca prestan atención a los buenos "once", que viven una vida de silenciosa santidad. No obstante, los creyentes debemos ver el terrible escándalo actual bajo una perspectiva más amplia, auténtica y completa.

El escándalo desafortunadamente no es algo nuevo para la Iglesia, que ha sufrido peores momentos. La historia de la Iglesia es como la definición matemática del coseno, es decir, una curva oscilatoria con movimientos de péndulo, con bajas y altas a lo largo de los siglos. En cada una de esas épocas, cuando la Iglesia llegó a su punto más bajo, Dios elevó a grandes santos que llevaron a la Iglesia de regreso a su verdadera misión.

Fijémonos, por ejemplo, en San Francisco de Sales: fue un santo a quien Dios hizo surgir justo después de la Reforma protestante. La Reforma protestante no brotó fundamentalmente por aspectos teológicos -aunque las diferencias teológicas aparecieron después-, sino por aspectos morales. Había un sacerdote agustino, Martín Lutero, quien fue a Roma durante el papado más notorio de la historia, el del papa Alejandro VI. Este Papa jamás enseñó nada contra la fe -el Espíritu Santo lo evitó-, pero fue simplemente un hombre malvado. Tuvo nueve hijos de seis diferentes concubinas. Llevó a cabo acciones contra aquellos que consideraba sus enemigos. Martín Lutero visitó Roma durante su papado y se preguntaba cómo Dios podía permitir que un hombre tan ruin fuera la cabeza visible de su Iglesia. Regresó a Alemania y observó toda clase de problemas morales.

Los sacerdotes vivían abiertamente relaciones con mujeres. Algunos trataban de obtener ganancias vendiendo bienes espirituales. Primaba una inmoralidad terrible entre los laicos católicos. Él se escandalizó, como le hubiera ocurrido a cualquiera que amara a Dios, por esos abusos desenfrenados. Así que fundó, con gran éxito, su propia iglesia. En ese contexto, Dios hizo surgir a muchos santos para que combatieran esta solución equivocada y trajeran de regreso a las personas a la Iglesia fundada por Cristo.

San Francisco de Sales fue uno de ellos. Poniendo en riesgo su vida, recorrió Suiza, donde los calvinistas eran muy populares, predicando el Evangelio con verdad y amor.

Muchas veces fue golpeado en su camino y dejado por muerto. Un día le preguntaron cuál era su postura en relación al escándalo que causaban tantos de sus hermanos sacerdotes. Lo que él dijo es tan importante para nosotros hoy como lo fue en aquel entonces para quienes lo escucharon. Él no anduvo con rodeos. Dijo: "Aquellos que cometen ese tipo de escándalos son culpables del equivalente espiritual a un asesinato, destruyendo la fe de otras personas con su pésimo ejemplo". Pero al mismo tiempo advirtió a sus oyentes: "Pero yo estoy aquí entre ustedes para evitarles un mal aún peor. Mientras que aquellos que causan el escándalo son culpables de asesinato espiritual, los que acogen el escándalo -los que permiten que los escándalos destruyan su fe- son culpables de suicidio espiritual."

Son culpables, dijo él, "de cortar su vida con Cristo, abandonando la fuente de vida en los sacramentos, especialmente la Eucaristía". San Francisco de Sales expuso su vida tratando de evitar suicidios espirituales a causa de los escándalos. Y hoy: ¿Cuál debe ser entonces nuestra reacción?

Se ha hablado mucho al respecto en los medios de comunicación. ¿Tiene la Iglesia que trabajar mejor, asegurándose que nadie con predisposición a la pedofilia sea

ordenado? Absolutamente. Pero esto no sería suficiente. ¿Tiene la Iglesia que actuar mejor para tratar estos casos cuando sean reportados? La Iglesia ha cambiado su manera de abordar estos casos y hoy la situación es mucho mejor de lo que fue en los años ochenta, pero siempre puede ser perfeccionada.

Pero aún esto no sería suficiente. ¿Tenemos que hacer más para apoyar a las víctimas de tales abusos? ¡Sí, tenemos que hacerlo, tanto por justicia como por amor! Pero ni siquiera esto alcanza. ¡La única respuesta adecuada a este terrible escándalo -como San Francisco de Sales reconoció en el año 1600 e incontables otros santos han reconocido en cada siglo- es la santidad!

¡Toda crisis que enfrenta la Iglesia, toda crisis que el mundo enfrenta, es una crisis de santidad! La santidad es crucial, porque es el rostro auténtico de la Iglesia. ¿Tienen que ser más santos los sacerdotes? Seguro que sí. ¿Tienen que ser más santos los religiosos y religiosas y dar un testimonio aún mayor de Dios y del Cielo? Absolutamente. Pero todas las personas en la Iglesia tienen que hacerlo, ¡incluyendo a los laicos! Todos tenemos la vocación de ser santos y esta crisis es una llamada para que despertemos.

Estos son tiempos duros para ser sacerdote hoy. Son tiempos duros para ser católicos. Pero también son tiempos magníficos, tiempos de desafíos y de santidad. Uno de los más grandes predicadores en la historia estadounidense, el obispo Fulton J. Sheen, solía decir que él prefería vivir en tiempos en los que la Iglesia sufre en vez de cuando florece. "Hasta los cadáveres pueden flotar corriente abajo", solía decir, señalando que muchas personas salen adelante fácilmente cuando la Iglesia es respetada, "pero se necesita de verdaderos hombres, de verdaderas mujeres, para nadar contra la corriente."

Por otra parte, la Iglesia es indestructible. Se cuenta que Napoleón dijo alguna vez al cardenal Consalvi: "Voy a destruir su Iglesia". El cardenal le contestó: "No, no podrá". Napoleón dijo otra vez: "¡Voy a destruir su Iglesia!" El cardenal dijo confiado: "No, no podrá! Ni siquiera nosotros hemos podido hacerlo!" Si los malos papas, los sacerdotes infieles y los miles de pecadores en la Iglesia no han tenido éxito en destruirla desde su interior -le estaba diciendo implícitamente al general- ¿cómo cree que Ud. va a poder hacerlo? Apuntaba a una verdad clave: Cristo nunca permitirá que su Iglesia fracase. Los actuales escándalos pueden ser algo que lleve al suicidio espiritual o algo que lleve a buscar la santidad personal. Cada uno elige.

Bendiciones


Fuente: Ultima Hora

5 de abril de 2010

No arrancar el alma de la Iglesia

La única Iglesia de Cristo se ha manifestado y debe seguir manifestándose por la efusión del Espíritu Santo. Ha nacido en esa efusión prodigiosa del Espíritu que se hace presente y actúa en cada cristiano. Sin esa fusión continua, dejaríamos de estar en la Iglesia que pensamos estar, porque ello pertenece a la esencia de única Iglesia de Cristo. Con gran visión de esta permanencia pentecostal, a los católicos nos ha dicho Juan Pablo II "La vida de la Iglesia es Pentecostés todos los días".

Aún estando en la única Iglesia, no estaríamos mas que físicamente, pero no espiritualmente, como lo hemos visto. El mismo Concilio agrega a estas palabras lo siguiente: "No olviden todos los hijos de la Iglesia que su excelente condición no deben atribuirla a los méritos propios, sino a una gracia singular de Cristo, a la que, si no responden con pensamiento, palabra, obra, lejos de salvarse, serán juzgados con mayor severidad".

La razón de ello es que el Padre quiere adoptarnos en espíritu y en verdad y no otra cosa. No solo dejaríamos de pertenecer a la Iglesia sino que dejaríamos de ser cristianos, pues estaríamos arrancando nuestra propia alma cristiana, que es el Espíritu Santo, habitando en nosotros para siempre.

Queda bien claro entonces, que para ampliar la visión de la Iglesia, debemos estar siempre abiertos al Espíritu Santo y renovarnos constantemente en él. Esta Iglesia de Cristo es su reino que ya está en medio de nosotros desde Pentecostés y crece, es decir, no se estanca, quiere abarcar a todos los hombres para que tengan acceso al Padre en un mismo Espíritu (Ef 2,18)

El que da la vida eterna es el Espíritu al soplar sobre los huesos secos de los seres humanos (Ez 37, 1-14), muertos por el pecado, les da la vida en Cristo Jesús. Lo que realmente importa, en la única Iglesia de Cristo, es el cumplimiento fiel de este plan esencial divino. Si todos los medios de santificación que existen en todas las Iglesias no nos llevan a la realización de este plan, no tendrían el menor sentido.

Bendiciones


Fuente: revista Resurrección (RCC)

4 de abril de 2010

La muerte ha sido vencida

"Al entrar en el sepulcro, vieron a un joven sentado al lado derecho, vestido enteramente de blanco y se asustaron. Pero les dijo: "No se asusten. Ustedes buscan a Jesús Nazareno, el que fue crucificado. Resucitó; no está aquí; este es el lugar donde lo pusieron ¿no es cierto?. Ahora vayan a decir a Pedro y a los otros discípulos que Jesús se les adelanta camino de Galilea. Allí lo verán tal como él se lo dijo". (Marcos 16, 5-6)

¡Felices Pascuas de Resurrección!

3 de abril de 2010

El plan de salvación de Dios


Dios, en su plan de salvación ha querido asociar a los hombres como colaboradores de su obra liberadora. Toda la historia de las salvación esta marcada por esta constante:
  • Dios escoge liberalmente a colaboradores como Abraham para una misión.
  • Llama de manera irresistible a los pescadores del lago para convertirlos en pescadores de hombres.
  • Purifica a Moisés en la soledad del desierto y se le revela cara a cara.
  • Unge a Pablo de Tarso con el poder el Espíritu.
  • Envía a los 72 discípulos a cumplir una misión.
Dios elige los vasos de barro porque él es capaz de transformar el agua de las limitaciones humanas en generoso vino que produce la alegría de la salvación. Su poder inagotable es capaz de multiplicar los cinco panes y dos peces en un alimento que alcance para multitudes y aún sobre.

Sin embargo, lo más asombroso es que el pan de su Palabra y el Vino de su sangre también lo han querido seguir distribuyendo a lo largo de las coordenadas del tiempo y del espacio a traveś de quienes han sido tomado de entre los hombres y puestos en favor de los hombres para ofrecer dones y sacrificios a Dios por los pecados. He allí la esencia del sacerdocio ministerial; ministros de la nueva alianza, no de la letra que mata, sino del espíritu que da vida.

Bendiciones