20 de abril de 2010

Fe y perdón

"Los que aman a Jesús por el mismo Jesús y no por algún consuelo que de él reciben, lo bendicen tanto en la adversidad y en la angustia del corazón como en las más elevadas alegrías. Y aunque si nunca les quiere otorgar consuelo, siempre alaban y le dan gracias. ¡Oh! ¡Cuanto puede el amor hacia Jesús cuando es puro y exento de todo egoísmo y provecho personal! ¿No se debería llamar mercenarios a todos lo que siempre buscan consuelos? ¿No demuestran más amor a si mismos que a Cristo los que cuelgan siempre sus comodidades y ventajas?"

Esta reflexión correspondiente al día de hoy en La Imitación de Cristo de Tomás de Kempis es tan dura que me lleva a preguntar sobre la misericordia del Señor. A preguntarme sobre el llamado que Él mismo hace a los que están agobiados y cansados. A preguntarme lo mismo que ayer, los alcances del perdón, el del Señor y el mío propio.

Sin duda, todos hemos escuchado alguna vez, o quizá la hemos dicho, o al menos la hemos pensado, aquella expresión desgraciada: “Por que yo he hecho, no tengo perdón de Dios”.

La hemos calificado como “desgraciada”, porque quien la expresa seriamente, o tal vez como una de tantas expresiones que se manifiestan de manera inconsciente -aunque si la repite mucho, puede llegar a creerla y actuar en consecuencia-, seguramente no tiene consigo la gracia divina, es decir, no vive una relación de amistad con Dios.

Ahora bien, de manera sencilla, podemos decir que la gracia es la manifestación gratuita de la bondad de Dios, la acción que Él realiza acercándonos a sí mismo, para que seamos sus Hijos. Por ende, quien no tiene esa relación amorosa, amistosa con Dios, no puede ser sujeto -no reconoce y no recibe- de esa bondad gratuita, de esa acción que nos transforma en hijos de Él, y por tanto no se tiene su gracia.

Para poder recibir esa gracia, ser sujetos de su acción y llegar a ser sus hijos, es indispensable amar a Dios; para amarlo, se requiere conocerlo, y para conocerlo se necesita ir a las fuentes de la Revelación, con toda humildad y sencillez, dispuestos a escucharlo y abiertos al don de la fe, para aceptar y creer todo lo que dicha Revelación.

De esa manera, para creer y vivir el perdón de Dios, quien nos perdona siempre y en todo, así sea el pecado más grande, más abominable -a excepción del pecado al que Jesús denominó “el pecado contra el Espíritu Santo”, que no es otro que negar al mismo Cristo como Dios, Salvador, Señor y Mesías, y negarse a recibir la misericordia de Dios- es preciso creer en Él, creerle a Él y vivir como Él, que es en sí la forma más perfecta de amarlo, y no sólo con los sentimientos, porque éstos son muy frágiles y cambiantes.

Un ejemplo contundente de quien recibió el perdón porque creyó, y de quien no creyó y no reconoció, aceptó ni recibió el perdón, son el apóstol san Pedro y el apóstol Judas, respectivamente.

El primero, a pesar de haber vivido tan estrechamente unido a Jesús durante tres años; de haber sido testigo de las maravillas y milagros que Éste realizó; de haber escuchado sus palabras y sus promesas; de haber experimentado su gran amor, su bondad y su misericordia, en el momento decisivo negó a Jesús, aun habiéndoselo Él vaticinado; mas Pedro creyó, y a pesar de su gran traición y pecado, nunca dijo que él no tendría perdón de Dios, sino que inmediatamente se arrepintió, lloró y pidió perdón. Y lo recibió de inmediato y se confirmó en el momento aquel que nos narra el Evangelio de hoy, cuando Jesús le pregunta tres veces si lo ama y Pedro responde otras tantas que sí, de una manera en verdad conmovedora, manifestando así esa fe y ese amor sintiéndose perdonado.

Del segundo no hay mucho que decir; Judas no creyó en esa misericordia, y por su remordimiento -que no arrepentimiento-, se llenó de angustia y desesperación que lo llevaron a un fin tan trágico como fue el suicidio.

Finalmente, podemos decir que la expresión a que hacemos referencia al principio, es también desgraciada, porque quien vive en el pecado sin experimentar el amor de Dios a través de su misericordia y su perdón, no puede encontrar ni vivir la verdadera paz, la que nos vino a traer Jesús, y su vida estará impregnada del desamor, la permanente zozobra, la envidia, la intolerancia, la injusticia, la mentira, la frustración, etc.

Termino esta reflexión recordando las palabras de Dios a través del profeta Isaías: “Busquen al Señor ahora que lo pueden encontrar”.

Bendiciones,


Aportes de Francisco Javier Cruz Luna

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