10 de diciembre de 2010

No digamos malas palabras

Paz y bien en el Señor Jesús y en su Santísima Madre!

Dice Arcendo en sus apuntes de adviento: « 5 - Siempre es bueno recuperar las buenas formas, porque todo lo que decimos debe tener un sentido más humano y por tanto más cristiano, por eso…, No digas “hasta luego”, di “adiós”. No digas “menos mal”, si no “gracias a Dios”. No digas “quizá”, di “si Dios quiere”. Y en estas fiestas no tengamos miedo a decir que "El Niño Jesús, te bendiga"»

Y la expresión siempre es bueno recuperar las buenas formas, me hace acordar a otra no digas malas palabras; aquella trata de rescatar la buena expresión, esta intenta corregir a los boca-sucia. Cuántas veces habremos escuchado esta corrección de nuestros padres, maestros o amigos y cuántas le restamos importancia. Sin embargo, no se trata de un asunto de lenguaje simplemente, sino de la voluntad de Dios.

Dice la Palabra «No salga de sus bocas ni una mala palabra, sino palabras buenas que edifiquen cuando sea necesario y que hagan bien a los que las oigan» (Ef 4, 29); hay aquí dos aspectos a tener presente en el uso del vocablo: no dañar y construir -con el buen uso- el Reino de Dios entre los hombres.

Las malas palabras no se agotan en la vulgar grosería, aunque sean tan abundantes y tristemente famosas; es más, se las suele minimizar arguyendo su popularidad. Hay más maneras de hablar mal: el chisme, la burla, las bromas pesadas, los chistes con doble sentido que ofenden, las «cargadas» fundadas en un defecto físico, el doble mensaje, la mentira y hasta la misma palabra que es absolutamente inútil. El Evangelio lo presenta claramente de boca del mismo Jesús «... tendrán que dar cuenta hasta de las palabras ociosas que hayan dicho».

Nuestra responsabilidad -como discípulos de Cristo- es ser transmisores de la Verdad, permaneciendo en su Palabra. Permanecer es tener siempre vigente todas y cada una de las indicaciones dadas por el Señor, incluso esta que estamos tratando, quizá una de las más difíciles para los creyentes de hoy, es especial los más jóvenes.

El mundo tiene su idioma: quejas, maldiciones, sarcasmos, ofensas y halagos ladinos, modos que solo nos harán progresar en la ignorancia de Dios. En cambio, el idioma del Reino de los Cielos es: alabanza, verdad, agradecimiento, aliento, silencio prudente, diálogo fraterno, corrección amorosa, aporte del conocimiento en humildad y compartir, palabras de consuelo, de unión...; todo lo que conforta, consuela, sirve y ayuda a la persona, a la familia y a la sociedad.

Sin embargo, no son pocos los creyentes que utilizan todavía un lenguaje perverso. Esto no es agradable al Señor. Pero, todo aquel que quiera cambiar, deseando hacer la voluntad de Dios, si lo pide, recibirá la asistencia del Espíritu Santo quién no lo dejará huérfano. Intentémoslo, no nos preocupemos por lo que nos van a decir, hay mucho donde apoyarse.

Aunque no quedase nadie, ni siquiera uno que hable bien, no nos rindamos, que cuando estema frente al Trono de la Gracias, el Señor nos va a dar un abrazo impresionante, nos va a sonreir seguramente y posiblemente utilice sus palabras: «ya que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré mucho más. Ven a compartir la alegría de tu Señor»

Fraternalmente,

Claudio

1 comentario:

  1. Interesantísimo y oportuno post.
    Una de las sorpresas que me llevé en la blogosfera es la agresividad a veces en el uso de las palabras, por parte de personas que deberían medirlas en todo momento. Considero una falta de caridad cuando no se piensa la forma en las que hay que decir las cosas.
    Un abrazo

    ResponderEliminar

«Porque la boca habla de la abundancia del corazón.» (Mt. 12, 34) Por lo tanto, se prudente en el uso de ellas y recuerda que en este blog no se aceptan los comentarios anónimos.