25 de octubre de 2010

Tiempo de crisis

Paz y bien en el Señor Jesús y en su Santísima Madre!

Las hubo, las hay y habrá crisis. En este tiempo se refieren a lo económico, y de ahí a lo social afectando a la persona y sus relación con los demás. Pero, ¿qué hay de los hijos de Dios? Jesús nos asegura que buscando el Reino y su justicia, todo lo demás llega añadido, que nuestro Dios y Padre, conoce lo que necesitamos y nos proveerá lo necesario.

Hay un tiempo para todo, nos enseña el Eclesiastés y el tiempo donde más luce la fe, es el tiempo de las crisis, de la prueba, el cual -entendemos bien- no es aquel donde Dios nos oprime para ver si somos fieles, sino cuando nos enfrentamos con la contingencias naturales de la vida, y nos sirve de test para verificar cuanta fe en realidad tenemos. Es que no se trata de adherir a la filosofía cristiana sino de nacer de nuevo a la vida de la gracia, orientar todo nuestro ser en Cristo.

Elegir la mejor parte, es escuchar atentamente a Dios y creerle. Lo curioso es que los grandes dolores de la humanidad tienen su raíz en un gran engaño desparramado entre los cristianos. Sorprende ver cuanto cristianos «creen» que se es más feliz «recibiendo» que «dando», cuando el Señor afirma lo contrario. Por esto, nos recomienda ejercitarnos en la piedad y a tener mucho cuidado en la evolución de nuestra vida.

La raíz de todos los males es el amor al dinero (1 Tm 6, 10) Así aparecen necesidades innecesarias, búsquedas absurdas de un progreso que jamás se alcanza. Vemos entre creyentes increíbles rivalidades y deseos de tratamientos especiales, lo cual es un disparate y una aberración, y se multiplican las crisis.

Si el problema económico -que es real- afecta a la comunidad -porque nos llega a todos- tanto más los conflictos en la Iglesia, por cuanto es donde menos debería suceder o, al menos, donde más rápido deberían resolverse.

Los profesionales expertos en emergencias -lo vimos hace poco en el rescate de los mineros chilenos- nos enseñan a conservar la calma ya que en situaciones difíciles, la lucidez es lo más útil, ya que, haciendo lo correcto, se pueden ganar vidas. Lo mismo podemos aplicarlo al todo de la vida cristiana, poniendo muy especial empeño en conservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz (Ef. 4, 3).

Sabemos que la fe no es mágica; nuestro vivir la fe debe necesariamente distinguirnos del mundo. Esto es -por supuesto- no ignorar los problemas, sino el modo de verlos y resolverlos. Pensar que Dios no hace nada es lo mismo que ser ateo. Dios nos ama y nos protege, pero ¿que hacemos con la gracia? ¿Qué es para mi un Dios Providente? (Ef 2)

Si sembramos fe, vivimos con le criterios de Dios, confiando en sus promesas, buscando sus Reino, vamos a cosechar vida y vida abundante, pero, si nos dejamos envolver en los criterios del mundo y en el orgullo de sus riquezas, estamos listos. (Gal. 6, 7-8).

El que está en Cristo es una nueva creación; o dicho al revés, si no somos nuevos es porque no estamos totalmente con el Señor, o tal vez, algo nos hizo tambalear. El Espíritu Santo nos recuerda la importancia de unirnos al plan de salvación, firmemente comprometidos con el amor de Dios para el recate de las almas que siguen atrapadas en el error, por no conocer aún a Jesús.

Y nada debe conmovernos ni desviarnos del objetivo de Dios: amar y servir, salvar almas, personas que sufren por culpa del pecado, por causa de la ignorancia y la locura de este mundo. Es bien conocida la frase ocupate de las cosas de Dios, que Dios se ocupará de tus cosas, pero cuidado con el activismo sin amor, porque el pozo de estas crisis es el más difícil de superar.

La solución a toda crisis: vivir para glorificar a Dios; que todos al ver como vivimos, alaben al Padre por Cristo nuestro Señor, en el Espíritu Santo.

Fraternalmente,

Claudio




1 comentario:

  1. Solo cuando nuestro corazón se siente libre, sin ataduras y sin apegos puede amar y servir, puede dejar entrar la gracia de Dios, puede entender lo que es abrir de par en par las puertas a Cristo.
    Un abrazo

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