29 de septiembre de 2010

¿Para que sirven las desventuras?

¡Paz y bien en el Señor Jesús y en su Santísima Madre!

La Palabra de Dios meditada y orada en el Grupo de Oración de la Comunidad de Convivencias de mi ciudad el lunes 27, fue Lucas 5, 17-26 referida a la curación de un paralítico. Quería reflexionar sobre ella; pero el Señor, me mostró otra cosa. Primero me recordó lo que me enseñó tiempo atrás: «No digas: Haré esto o aquello. Di Señor ¿que quieres?» y así fue que me indicó Lucas 8, 22-25 sobre la tempestad calmada:
«Un día, Jesús subió con sus discípulos a una barca y les dijo: Pasemos a la otra orilla del mar. Ellos partieron y mientras navegaban, Jesús se durmió. En ese momento se desencadenó una tempestad sobre el mar; la barca se iba llenando de agua y ellos corrían peligro. Los discípulos se acercaron y lo despertaron diciendo: ¡Maestro, Maestro, nos hundimos! Jesús se despertó e increpó al viento y a las olas, el mar se apaciguó y sobrevino la calma. Después les dijo: ¿Dónde está la fe de ustedes? Y ellos, llenos de admiración, se decían unos a otros: ¿Quién es éste que ordena al mismo viento y al mar y le obedecen?»
Sobre esto, surge la pregunta ¿para que sirven las desventuras?. Muchas veces compartí con ustedes a María Valtorta y sus revelaciones privadas, relatos que le fueron dictados por el Señor Jesús, o por la Santísima Madre de Dios, o por visiones celestiales que la acompañaron durante largos años de su vida.

Ahora les comparto la reflexión de Jesús sobre el evangelio leído.
«Te explicaré lo que hay de fondo en el trozo evangélico.

¿Por que dormía? ¿No sabía acaso que estaba la tempestad por llegar? Si. Lo sabía. Yo solo lo sabía. Y entonces ¿por que dormía?

Los apóstoles eran hombres, animados de buena voluntad, pero todavía muy mortales. El hombre se cree siempre capaz de todo. Cuando realmente es capaz de alguna cosa, se llena de gravedad y de cariño por su capacidad. Pedro, Andrés, Santiago y Juan eran buenos pescadores y se creían insuperables en las maniobras marinas. Yo, para ellos era un gran Rabbi, pero un nada como marinero. Por esto me tenían por incapaz de ayudarlos y cuando subían a la barca para atravesar el mar de Galilea me pedían que me estuviese sentado porque no era capaz de hacer otra cosa. Su cariño también tomaba parte en ello, porque no querían que me fatigase. Pero su seguridad de que eran capaces, era mayor que su cariño.

No me impongo sino en casos excepcionales. Generalmente los dejo libres y espero. Aquel día, estaba sentado y me pidieron que descansase, esto es, que los dejar hacer lo suyo, pues eran muy prácticos y me dormí. En mi sueño aparecía clara la señal de que el hombre es hombre y quiere hacer todo por sí, sin pensar que Dios quiere ayudarlo. Veía en aquellos sordos espirituales y aquellos ciegos espirituales a todos los sordos y ciegos del espíritu que por los siglos de los siglos habrían llegado a la ruina por querer hacer por sí,cuando me tiene a Mi cercanos a ellos, a sus necesidades en espera de que me llamen en ayuda.

Cuando Pedro gritó: Sálvanos mi amargura cayó como una piedra que se deja rodar. Yo no soy un hombre, soy el Dios-Hombre. No obro como vosotros haceís. Vosotros, cuando alguien ha rechazado vuestro consejo o ayuda y lo veis en medio de dificultades, aún cuando no sois demasiado malos para alegraros de ello, frecuentemente permanecéis fríos, indiferentes a su grito que os pide ayuda. Con vuestra actitud le decís Cuando te quise ayudar ¿quisiste? Ahora arréglatelas tú. Pero yo soy Jesús. Soy Salvador. Y salvo. Salvo siempre, no apenas se me invoca.

Los pobres hombres podrían objetar: Entonces ¿por que permites que se formen las tempestades individuales o colectivas? Si con mi poder destruyese el mal, cualquiera que fuese llegaríais a creeros autores del bien que en realidad sería don mío y no os acordaríais más de Mi. Tenéis necesidad, pobrecitos hijos, del dolor para acordaros que tenéis un Padre. Como el hijo pródigo que se acordó de tenerlo cuando tuvo hambre.

Las desventuras sirven para que os persuadáis de vuestra nada, de vuestra locura, de vuestros errores, de vuestra maldad, causante de tantos lutos y dolores, de vuestras culpas, causa del castigo que vosotros mismos infligís y de la existencia de mi poder, de mi bondad. Ved que esto es lo que os dice el evangelio hoy. Vuestro evangelio de la hora presente, pobrecitos hijos.

Llamadme. Jesús no duerme porque tiene angustia al ver que no le amáis. Llamadme y vendré.»
Que el Señor los bendiga,

Claudio


María Valtora, Colección El Hombre-Dios, tomo 3, págs 273/274. Transcripción literal

1 comentario:

  1. Cuantas veces nuestro "Yo" nos impide ver la verdad, la verdad que sin Dios nada se puede.
    Al recordar las palabras de San Agustin (El Dios que te creeo sin tu concentimiento, no te puede salvar sin tu concentimiento) y esto es verdad, que puede el Hombre sin la ayuda de Dios, pues nada, en Él debemos poner toda nuestra confianza

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