18 de agosto de 2010

Tu eres mi gloria y el júbilo de mi corazón

¡Paz y bien en Cristo Jesús y en la Virgen María!
Señor, ¿qué es el hombre para que de él te acuerdes, o el hijo del hombre para que tu lo visites? (Sal. 8, 5) ¿Qué méritos ha alcanzado el hombre para que tú le dieras tu gracia?

Señor, ¿de qué puedo quejarme si me abandonas? ¿Qué podré alegar con justicia, si no me otorgas lo que te pido? En verdad, sólo una cosa puedo pensar y decir: Señor, nada soy, nada puedo, nada de bueno hay en mí, estoy vacío de todo y siempre voy hacia la nada. Y si no soy ayudado y fortalecido interiormente por tí, me vuelvo enteramente tibio y falto de vigor.

Pero tú, Señor, siempre eres el mismo y como tal permaneces eternamente (Sal. 101, 28, 13): inmutablemente bueno, justo y santo; haciendo las cosas bien con justicia y santidad y ordenándolas con sabiduría. Pero yo, que soy más propenso para retroceder que para progresar, no me mantengo siempre en la misma situación, por que los tiempos se mudan en mi siete veces (Dan. 4, 13. 20. 22)

No obstante, mi condición puede mejorar si te dignas extender hacia mi tu mano auxiliadora. Sólo tú y ninguna injerencia humana, puede socorrerme y fortalecerme de tal modo que no se mude continuamente mi templanza y me corazón se dirija únicamente a ti y en ti descanse. Por lo tanto, si yo fuera capaz de menospreciar todo consuelo humano -sea para conseguir un mayor fervor, sea para satisfacer la necesidad que tengo de buscarte a tí, puesto que no hay ningún hombre que me pueda confortar- entonces podría con razón esperar en tu gracia y regocijarme con el don de un nuevo alivio.

Te doy gracias a tí, de quien todo procede, si algo de nuevo llevo a cabo. Porque yo no soy más que vanidad, una nada ante tí (Sal. 38, 6) y un hombre inconstante y débil.

¿De que puedo gloriarme entonces? ¿Cómo puedo pretender que otros me estimen? ¿Tal vez por la nada que soy? Esto sería una vanidad todavía mayor. Indudablemente honor y júbilo santo es gloriarse en tí y no en sí, gozar en tu nombre y no en la propia virtud, no deleitarse en ninguna criatura sino en tí.

Sea alabado tu nombre y no el mío, ensalzadas sean tus obras y no las mías, sea bendito tu nombre santo y que no se me atribuya a mi ninguna alabanza por parte de los hombres. Tu eres mi gloria y el júbilo de mi corazón. En tí enalteceré y me alegraré todos los días, pero de mi no me gloriaré sino de mis flaquezas (2 Cor. 12, 5)

Buscaban los judíos la gloria que se daban recíprocamente; yo me preocuparé sólo de aquella que proviene de Dios. Porque todo renombre humano, todo honor temporal, toda grandeza humana, comparados con tu gloria eterna, son vanidad y locura.

¡Oh Dios mío, verdad y misericordia mía, Trinidad bienaventurada, a tí sola pertenecen la alabanza, el honor, la virtud y la gloria por los siglos de los siglos!
Que el Señor los bendiga.

Claudio


La Imitación de Cristo

2 comentarios:

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