15 de agosto de 2010

La Asunción de la Virgen Maria

¡Paz y bien a todos en Cristo Jesús y en la Virgen Maria!

La Iglesia Católica celebra la Fiesta de la Asunción de la Virgen Maria a los cielos; deseo en esta oportunidad compartir con ustedes lo que leí en las revelaciones a Maria Valtorta. La visión es extensa y maravillosa, por lo que es valioso el momento en que nuestra Madre estando con Juan, se prepara para el encuentro con su Hijo...
"Mira, mi medida de amor ha llegado a su colmo. Mi alma y mi cuerpo no la pueden más contener. El amor me absorbe, me sumerge y me eleva al mismo tiempo hacia el cielo, hacia a Dios, mi Hijo. Su voz me dice "¡Ven! ¡Sube a nuestro trono ya nuestro abrazo trino!". La tierra, cuanto me rodea, ante la inmensa luz que me viene del cielo. Los rumores se esfuman antes esta voz celestial. Ha llegado para mi la hora del abrazo divino, Juan."

Este, que se había calmado un poco al escuchar a la Virgen, que la miraba extático, con la palidez dibujada en su cara mientras que en el rostro de Maria nota que se va como encendiendo una luz bellísima; se le acerca para sostenerla, mientras exclama: "¡Estás como Jesús cuando se transformó en el Tabor! (cf. Mt 17, 1-8) ¡Tu cuerpo resplandece como luna, tus vestidos brillan como diamante ante una llama blanquísima! ¡No eres más humana Madre! ¡La pesantez, lo opaco de tu cuerpo ha desaparecido! ¡Eres luz! Pero no eres Jesús. el siendo Dios, además de hombre, podía sostenerse sobre Si, en el Tabor, como aquí en los Olivos, cuando iba a ascender. Tu no puedes. No te sostienes. Ven. Te ayudaré a reposar tu cuerpo cansado y dichoso sobre la cama. Descansa.". Y amorosamente la lleva a la cama sobre la que Maria se extiende, sin quitarse el manto.

Recogiendo los brazos sobre el pecho, bajando los párpados, sobre sus dulces ojos, llenos de amor, dice a Juan que está inclinado: "Yo estoy en Dios y El está en mi. Mientras lo contemplo y siento su abrazo, di los salmos y las páginas de las Escrituras que se refieren a mí, sobre todo en esta hora. El Espíritu de Sabiduría de las indicará. Recita luego la oración de mi Hijo; repíteme las palabras del arcángel cuando me habló y las de Isabel; repite también mi himno de alabanza... Te seguiré con lo que me resta de ser sobre la tierra".

Juan entre el llanto que le brota del corazón se esfuerza por dominar la emoción que lo turba (...) empieza el salmo 118, que recita casi entero, después de los tres primeros versos del salmo 41, los ocho primeros del 38, el salmo 22 y el salmo 1º. Luego recita el Pater Noster, repite las palabras de Gabriel e Isabel, el cántico de Tobías, el capítulo 24 del eclesiástico, desde el verso 11 al 46. Finalmente entona el "Magnificat". Al llegar al verso noveno, cae en la cuenta que Maria no respira más, aunque no ha cambiado nada de su aspecto, sino que sigue sonriente, plácida, como si ella no hubiera cesado en la vida.
La hermosísima descripción de Maria Valtorta del tránsito de la Virgen, es un dechado de doctrina mística, comparable a la de la doctora de la Iglesia, Sta. Teresita de Avila. Continúa la visión con la preparación que hace Juan, y luego la asunción...
... se apresura a bajar al huerto para recoger todas las flores que pueda y ramas de olivo. Sube. A la luz de la lámpara coloca flores y ramitas junto al cuerpo de Maria, dando la impresión de que se encuentra en medio de una corona. Mientas hace esto habla a la Virgen como si todavía la escuchara: "Tu fuiste siempre el lirio del valle, la delicada rosa, el fértil olivo, la frondosa viña, la espiga santa. Nos diste tus perfumes, el Aceite de vida, el Vino de los fuertes, el Pan que preserva el Espíritu de los dignamente se nutren de El, de la muerte. Estas flores te quedan bien. Son sencillas y puras como Tú. Tienen espinas como las que tuviste en vida y como tú pacíficas". Juan ha terminado de arreglar todo. Se sienta en un banquito, Pone en tierra cerca del lecho, la lámpara y contempla en medio de sus plegarias a la Virgen que yace ante él.

Juan, que tal vez hace varios días que vela, se ha dormido de cansancio. Está sentado sobre un banco con la espalda apoyada contra la pared cerca de la puerta abierta que da a la terraza. La luz de la lámpara que está en el suelo, lo alumbra de abajo a arriba y deja ver su cara fatigada, palidísima, sus ojos enrojecidos de tanto llorar. Debe haber amanecido ya porque el débil claror del alba hace visibles la terraza, los olivos que rodean la casa (...) En un cierto momento una gran luz llena la habitación, es luz argenteada, con tintes azul, como fosforescente. Aumenta. Aumenta. Anula la luz del alba y la de la lámpara. Una luz como la que rodeó la gruta de Belén cuando nación Jesús. Y en medio de esta luz paradisíaca, se ven seres angelicales, una luz que brilla más que las que antes se había visto. Como sucedió cuando los angeles se aparecieron a los pastores, una danza de chispas de innumerables colores se desprende de sus alas dulcemente batidas, de la que brota como un murmullo armónico como de arpa, dulcísimo.

Los seres angelicales rodean el lecho, se inclinan, levantan el cuerpo inmóvil y agitando cada vez más sus alas, al abrirse milagrosamente el techo, así como el sepulcro de Jesús se hizo a un a lado la piedra, se levantan llevando consigo el cuerpo de su Reina, su cuerpo santísimo pero no glorificado y por lo tanto sujeto a la ley de la materia, a la que no estuvo sujeto el cuerpo de Jesús, porque cuando resucitó estaba ya glorificado.

El apóstol, todavía amodorrado, mira a su alrededor, para ver lo que sucede. Mira que el lecho está vacío y que no hay techo, comprende que ha sucedido un prodigio. Corre haca fuera, a la terraza y por un instinto espiritual, o por oír algo, levanta la cabeza, se lleva una mano a los ojos para ver mejor, para que no lo moleste el sol naciente.

Y mira. Mira el cuerpo de Maria todavía sin vida, semejante al cuerpo de alguien que está dormido, que sube cada vez más, sostenido por el grupo angelical. Como postrer saludo la punta del manto y velo se agitan, tal vez movida por el viento, por el movimiento de las alas angelicales que sube y las flores que Juan había puesto alrededor del cuerpo de la Virgen entre los pliegues del vestido, caen sobre la terraza, sobre Getsemaní, mientras un hosanna poderoso del grupo angélico se escucha en lontananza.

Juan continúa mirando el cuerpo que sube al cielo y no cabe duda que por una gracia que Dios le concedió para consolarlo y premiarle su amor por su Madre adoptiva, ve claramente que Maria, envuelta ahora en los rayos del sol que ha nacido, sale del éxtasis que separó el alma del cuerpo, que vuelve a la vida, se pone de pié, pues goza desde ahora de los dones propios de los cuerpos glorificados.

Mira, mira. El milagro que Dios le concedió es de ver a Maria, contra toda ley natural, como es ahora mientras sube hacia el cielo, rodeada, pero no más ayudada de los ángeles que cantan jubilosos. Juan se siente arrebatado de aquella visión bellísima que pluma ninguna de hombre, que palabra humana u obra de artista será jamás de describir o reproducir, porque es de una belleza indescriptible.

Juan que sigue apoyado contra el parapeto de la terraza, continúa mirando aquella resplandeciente forma de Dios -pues puede realmente llamarse así a Maria, a quien El creó de un modo especial, que la quiso inmaculada, para que diese forma al Verbo cuando se encarnara- que sube cada vez más. Un último y extraordinario prodigio concede Dios a Juan, el de ver el encuentro de la Virgen con su santísimo Hijo, que también resplandeciente, de una belleza indescriptible baja del cielo, se encuentra con su Madre, la estrecha contra su pecho, y con ella, resplandecientes cual dos astros, sube de donde había venido. Juan no ve más.

Baja la cabeza. En su cansada cara se refleja el dolor de la pérdida de Maria y el gozo de su glorioso destino. El gozo supera el dolor. Dice agradeciendo antes a Dios por el maravilloso privilegio: "¡Todo lo que tenía que hacer se acabó ahora! Me puedo marchar libremente, a donde el Espíritu de Dios me conduzca. Iré a sembrar la palabra divina que el Maestro me entregó para que la diese a los hombres. Su sacrificio, su misterio, su rito perpetuo, por el que hasta el fin de los siglos, podemos unirnos a El por medio de la Eucaristía y remover la ceremonia, el sacrificio como nos dijo que lo hiciéramos. ¡Todo esto, un don del Amor eterno! Hacer que se ame al Amor para que crean en El como hemos creído y creemos. Sembrar el amor para que sea abundante la mies y la pesca del Señor. El amor todo lo obtiene, son palabras últimas de Maria, que me dijo a mi, antítesis de Iscariote, símbolo del odio, que no me parezco mucho a Pedro el impetuoso, a Andrés el plácido, a los hijos de Alfeo en santidad y justicia, además de su nobleza. Yo amo. Amo al Maestro y a su Madre y me voy a esparcir el amor entre las gentes. Será el amor mi arma y doctrina. Con el venceré al demonio, al paganismo y conquistaré muchas almas. De este modo seguiré las huellas de Jesús y Maria, que fueron el dechado perfecto del amor en la tierra."
Que el Señor, en este día de fiesta, los bendiga!

Claudio


Colección el Hombre-Dios, Tomo 11, pags. 865 a 871 en extractos, Maria Valtora, Diciembre de 1951

1 comentario:

  1. Yo leo el libro de Maria Valtorta y creo que cada Cristiano deveria de leerlo, es hermoso todo claro y esta parte aun no he llegado pero me ha dado un gran sentido de alivio y amor ojala que todos veamos a Dios de esa manera que nuestra madre y reyna lo vio mor medio de su amor.

    Que la paz de Dios este con nosotro siempre!

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