El "tu sígueme" de Jesús en el siglo 21


San Juan es autorreferente cuando escribe su evangelio. Si soy autorreferente en distintos aspectos de mi vida, camino sobre una linea muy delgada que lleva a la vanidad, a la autocomplacencia de un lado y a la humildad, sencillez en el otro. Es una línea tan fina que no la notamos.

¿Les pasa a los predicadores? ¿Les pasa a los músicos cristianos? Los músicos tienen el rol de predicar al mismo tiempo, porque explican sus canciones o simplemente porque el Espíritu de Dios, posado sobre él, obra por él. 

Y en esos caminos, la vanidad cuando nos inclina para su costado, inevitablemente vivimos pendientes del recorrido ajeno. Algunos llaman celos apostólicos; en el colmo del altruismo (en el sentido del punto máximo de la generosidad, sin esperar absolutamente nada a cambio), Jesús no nos pide indiferencia hacia los hermanos, sino caridad sin competencia, comunión sin rivalidad, alegría por el bien del otro sin perder la propia vocación; ¿podemos? ¿somos generosos, cálidamente generosos?

Nos pasa a nosotros cuando escribimos. Si llegamos a algunos pocos, esos pocos tendrán nuevas razones para encarar la vida; hoy, con las redes sociales, te medís por las visitas, por los “likes”, y ahí, la linea que limita la vanidad de la humildad se hace casi imperceptible. ¿Banalización del mensaje?

El «Tú sígueme»  de Jesús es lo que importa si somos dóciles, claro. No necesitas tener resuelta la vida de los demás ni compararte con su camino para responder al amor de Dios. Tu historia, con sus tiempos, cansancios, dones y luchas, está en manos del Señor. Él sabe cómo conducirte.

Mira hermano,  me dijo una vez mi confesor, procura vivir este día con fidelidad en lo concreto: hablar con caridad, cumplir tu deber, servir sin buscar reconocimiento, agradecer el bien que ves en otros y cuidar la tarea que Dios te confía. Si vuelven las comparaciones, no te inquietes. Regresa en silencio a la voz de Jesús. Su llamada no humilla, orienta. Su amor no compite, acompaña. Y quien camina tras Él, aunque sea paso a paso, no se pierde.

Él vino a trazar un punto de inflexión en la historia de nuestra existencia, con la fuerza de un huracán que sacude los cimientos más arraigados, y con la ternura compasiva, restauradora y misericordiosa de un padre o una madre que abraza y protege a su hijo, no porque este lo merezca, sino simplemente porque lo ama sin condición.



Comentarios

  1. Creo que todos los que intentamos aportar algo a otros acabamos pasando por esa lucha silenciosa entre la vanidad y la humildad, aunque muchas veces ni nos demos cuenta. Y hoy, con las redes, todavía más, porque es muy fácil terminar mirando números, respuestas o comparaciones sin querer hacerlo.
    Por eso entiendo tan bien lo que escribes. Porque esa pelea aparece de una forma muy reconocible y muy humana en todo el texto.
    Y además hay algo muy cierto en todo esto: cuando uno empieza a compararse constantemente, acaba perdiendo la paz. Ya no disfruta de lo que hace, ni de lo que recibe, ni siquiera del bien que consigue transmitir. Todo se convierte en medir, mirar alrededor y preguntarse por qué otro llega más, gusta más o recibe más atención. Y salir de ahí cuesta muchísimo más de lo que parece.
    A mí mi confesor me soltó algo parecido hablando un día con él: “que no te pierda la vanidad y recuerda siempre que nada es tuyo”.
    Y al final seguramente buena parte de todo consista en no olvidar nunca eso. Un abrazo.

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