Ahora, les toca a ustedes
Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. (San Mateo 18, 16-20)
Hay momentos en la vida en que uno siente con claridad que el Señor lo llama a dar un paso, pero el corazón no termina de estar del todo firme. Eso les pasó también a los discípulos. Subieron al monte, vieron a Jesús resucitado, lo adoraron, y sin embargo el Evangelio no esconde que algunos vacilaban. Esa pequeña frase consuela mucho, porque muestra que la fe verdadera no siempre camina sin temblores. A veces creemos, adoramos, amamos al Señor, y al mismo tiempo llevamos dentro preguntas, cansancio o inseguridad.
Jesús no se aparta de sus discípulos por su vacilación. Al contrario, se acerca. Ese gesto dice mucho. El Señor no espera una perfección fría para confiar una misión; se acerca a hombres reales, con heridas, memoria de sus caídas y una fe todavía en camino. Así obra también con nosotros. Se acerca al padre o a la madre que intenta sostener su hogar, al joven que busca orientación, al abuelo que reza por sus hijos, al catequista sencillo, al servidor de parroquia que a veces se siente pequeño. Jesús se acerca y habla con autoridad, pero también con una cercanía que sostiene.
Su envío no nace de la presión, sino de su señorío. «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra». La misión de la Iglesia no se apoya en estrategias humanas ni en seguridades mundanas. Nace de Jesús resucitado, vencedor del pecado y de la muerte. Por eso evangelizar no es imponer, ni conquistar, ni hablar desde arriba. Es llevar a otros la vida que hemos recibido; es compartir la alegría de haber sido alcanzados por la misericordia de Dios.
Cuando Jesús dice «vayan», no habla solo de grandes viajes. También nos envía a los lugares cotidianos: la mesa de la casa, el trabajo, la escuela, la conversación difícil, la visita al enfermo, la paciencia con quien está herido, el testimonio limpio cuando nadie aplaude. Hacer discípulos comienza muchas veces con pequeñas fidelidades: enseñar a un hijo a persignarse, pedir perdón, bendecir los alimentos, volver a misa con humildad, acompañar a alguien que perdió la esperanza.
Evangelizar no siempre consiste en hablar mucho, sino en transparentar a Jesús con la vida. Él está con vos en este día, en las coass simples que haces y en tus preocupaciones más hondas. Camina con paz. Aunque a veces vaciles, su presencia no falla. Y con Él, cada jornada puede convertirse en misión y esperanza.
El hombre solo no se basta a si mismo, necesita de Dios.
__
Con algo de organización Juan XXIII

Comentarios
Publicar un comentario
«Porque la boca habla de la abundancia del corazón.» (Mt. 12, 34) Por lo tanto, se prudente en el uso de ellas y recuerda que en este blog no se aceptan los comentarios anónimos.