19 de junio de 2016

Mortificación cristiana

Sin Cruz no hay cristianismo.
Sin Cruz el hombre no encuentra a Dios.

Domingo 12, TO - C - Lucas 9, 18-24

Quienes buscan como fin de sus vidas pasarlo lo mejor posible, evitando el dolor a toda costa y permitiéndose ciertas compensaciones sin las cuales les parece sería imposible vivir, esas personas la mortificación les resulta una palabra extraña, cuando no se asocia con la imaginación a ciertas penitencias medievales entendidas como torturas.

Se imaginan que los cristianos al hablar de la mortificación están locos o que son felices haciendo cosas que dañan la salud, o la conciben como una especie de tributo que han de pagar a la divinidad que promete a cambio la salvación.

No nos engañamos si afirmamos que esa imagen de la mortificación ha sido expresamente difundida, y acogida favorablemente por aquellos que no están dispuestos a renunciar a ningún placer o a dejar de buscar sus intereses, y es acogida con gusto por quienes se dejan llevar del gusto.

La mortificación cristiana no va contra el deseo de felicidad, al contrario: la realidad es que a veces nos apetecen cosas que no nos vienen bien. Y en la medida en que contrariamos las apetencias que nos inclinan al mal, estamos evitando el mal, aquello precisamente que nos impide alcanzar la felicidad. Mal consejo sería decir a quien tiene un dolor de muelas que no acuda al dentista porque le puede hacer daño, cuando es éste quien puede quitarle el dolor.

El problema consiste en que queremos ser felices a nuestra manera, y ahí es donde nos equivocamos.

El sacrificio, la mortificación voluntaria es una necesidad para liberar al hombre de sus tendencias caprichosas, que a la postre le hacen infeliz. Pero es sobre todo la demostración práctica de que amamos a Dios. Sin Cruz no hay cristianismo. Sin Cruz el hombre no encuentra a Dios.



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Huellas de Jesús Martínez García

1 comentario:

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