Vox Dei
Cristo no nos llama una sola vez, sino muchas. A lo largo de nuestra vida, él nos sigue llamando. Nos llamó al principio en el bautismo, pero nos llama más tarde también. Tanto si obedecemos a su voz como si no lo hacemos, él nos sigue llamando por su misericordia. Si faltamos a nuestras promesas del bautismo, nos llama al arrepentimiento. Si nos esforzamos a responder a nuestra vocación, nos va llamando más y más, de gracia en gracia, de santidad en santidad, de tal modo que nos da la vida para responder a estas llamadas.
Abrahán es llamado para quitar su casa y su tierra (Gn 12,1), Pedro es llamado a dejar sus redes (Mt 4,18), Mateo a dejar su empleo (Mt 9,9), Eliseo a dejar su granja (1R 19,19) Natanael a dejar su retiro debajo de la higuera (Jn 1,47). Todos somos constantemente llamados, de una cosa a otra, siguiendo una llamada interior para estar a punto para escuchar la siguiente.
Cristo nos llama sin cesar para justificarnos sin cesar. Nos quiere santificar y glorificar constantemente. Tenemos que comprenderlo, aunque somos lentos en darnos cuenta de esta gran verdad: Cristo camino con nosotros y con su mano, con sus ojos, con su voz nos hace signos para seguirle. No nos damos cuenta de que su llamada tiene lugar en este preciso momento. Pensamos que tuvo lugar en tiempos de los apóstoles, pero, en realidad, no creemos en ella, ni la esperamos de verdad para nosotros mismos.
El Evangelio no presenta un seguimiento cómodo. Jesús no engaña a nadie. Él sabe que amarlo de verdad pide renuncias reales. A veces no se trata de abandonar físicamente una casa o una tierra, sino de soltar el orgullo, ciertas ambiciones, una manera egoísta de vivir, la necesidad de controlarlo todo, o incluso relaciones que nos alejan de Dios. Hay decisiones que cuestan. Hay fidelidades silenciosas que solo el Señor ve.
La última frase de Jesús (Muchos de los primeros serán los últimos y los últimos serán los primeros) pone todo en su sitio. En el Reino no cuentan los criterios del prestigio, del cálculo o de la apariencia. Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos, primeros. Dios ve de otro modo. Mira la verdad del corazón.
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San John Henry Newman (1801-1890)

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