Cuando la tierra tiembla, la FE también despierta


 Texto de Organización Juan XXIII.org

Hay días en que la historia no toca la puerta: la sacude. El 24 de junio de 2026, Venezuela vivió una de esas jornadas que quedan marcadas no solo en los registros sísmicos, sino también en la memoria espiritual de un pueblo. Dos terremotos fuertes estremecieron el norte del país, alcanzando con severidad a Caracas, La Guaira y otras regiones cercanas. Reportes iniciales de Reuters indicaron dos eventos de magnitud 7.2 y 7.5, separados por menos de un minuto, con daños en edificios, víctimas fatales y cientos de heridos.

Pero cuando una ciudad tiembla, no solo se mueven sus edificios. Tiembla la seguridad de las familias, la memoria de quienes han vivido tragedias anteriores, la fragilidad de los ancianos, el llanto de los niños, la angustia de los que buscan a sus seres queridos y la impotencia de quienes miran desde lejos sin poder abrazar a nadie.

El dato frío y la herida humana:

Según la información disponible al momento de esta redacción, las primeras cifras oficiales hablaban de al menos 32 fallecidos y más de 700 heridos, aunque medios como El País advertían que el balance todavía podía aumentar, especialmente porque La Guaira aparecía como una de las zonas más afectadas y aún en proceso de evaluación.

El Servicio Geológico de Estados Unidos registró un sismo de magnitud 7.5 cerca de Morón, Venezuela, aproximadamente 100 millas al oeste de Caracas, y otro evento de magnitud 7.1 cerca de la costa venezolana. También se emitió inicialmente una advertencia de tsunami para Puerto Rico, Islas Vírgenes estadounidenses e Islas Vírgenes británicas, pero luego fue cancelada.

Estos datos son importantes. La fe no cancela la información seria. La oración no sustituye la ciencia. La esperanza no nos autoriza a repetir rumores. Ante una tragedia, la verdad también es una forma de caridad.

Un evento de FE, no una explicación fácil:

Mirar esta tragedia como evento de FE no significa decir que Dios quiso el dolor, ni que una ciudad fue castigada, ni que las víctimas fueron señaladas por alguna culpa oculta. Esa lectura sería cruel, irresponsable y espiritualmente peligrosa.

La FE madura no busca culpables entre los escombros. Busca heridos. Busca vivos. Busca consolar. Busca organizar ayuda. Busca escuchar el llanto sin convertirlo en discurso barato.

Cuando la tierra se abre, también se abre una pregunta profunda: ¿qué clase de humanidad somos cuando otro pueblo sufre? La respuesta no se da con frases bonitas, sino con compasión concreta. La FE verdadera no mira la tragedia desde un balcón. Baja las escaleras, aunque haya polvo, miedo y oscuridad.

Caracas y La Guaira: memoria, vulnerabilidad y dolor:

Caracas ya conoce el lenguaje del temblor. La memoria del terremoto de 1967 sigue presente en la historia sísmica venezolana. Reuters recordó que Venezuela se ubica en una zona sísmicamente activa, donde interactúan la placa del Caribe y la placa Suramericana.

Además, estudios sobre la cuenca aluvial de Caracas han señalado que ciertos suelos pueden amplificar el movimiento sísmico. Esto ayuda a comprender por qué una ciudad puede sufrir daños severos aun cuando el epicentro no esté exactamente bajo sus calles.

Pero el sufrimiento no se mide solo en magnitudes. Se mide en nombres. En llamadas que no entran. En edificios que ya no están. En camas de hospital. En familias que pasan la noche afuera porque no saben si su casa volverá a sostenerlos. En madres que rezan sin saber si están pidiendo fuerza, noticias o un milagro.

La FE ante la fragilidad:

Un terremoto nos recuerda algo que solemos olvidar: la vida humana está construida sobre una fragilidad real. Podemos tener tecnología, edificios, mapas, teléfonos, alarmas y protocolos, pero seguimos siendo criaturas vulnerables.

La FE no niega esa fragilidad. La ilumina.

Nos recuerda que no somos dueños absolutos de la vida. Nos enseña que toda seguridad humana es relativa. Nos obliga a mirar con humildad lo que ayer parecía firme y hoy puede convertirse en ruina. Pero también nos recuerda que la última palabra no la tienen el polvo, el miedo ni la muerte.

La última palabra debe buscarse en la misericordia, en la solidaridad, en el rescate, en la mano extendida, en el pan compartido, en la oración que sostiene cuando ya no quedan palabras.

No basta rezar: también hay que actuar:

En momentos así, rezar es necesario. Pero rezar de verdad nunca es una excusa para la pasividad. La oración auténtica despierta responsabilidad.

Rezar por Venezuela significa también verificar información antes de compartirla. Significa apoyar canales serios de ayuda humanitaria. Significa no difundir videos sin contexto. Significa no usar el dolor ajeno para propaganda política, burla o espectáculo emocional.

Significa, además, recordar que los desastres naturales golpean con más fuerza donde hay pobreza, infraestructura débil, servicios limitados y sistemas de emergencia saturados. Por eso, la caridad no puede reducirse a una emoción pasajera. Debe convertirse en organización, apoyo, acompañamiento y memoria.

Puerto Rico y el Caribe: una advertencia cercana:

Para Puerto Rico, este evento también tuvo un eco inmediato. La alerta inicial de tsunami generó preocupación, aunque luego fue cancelada para Puerto Rico y las Islas Vírgenes. El reporte del St. Thomas Source, citando información del sistema de alerta de tsunamis y del USGS, confirmó que la advertencia fue emitida brevemente por la posibilidad de variaciones en el nivel del mar y corrientes fuertes, pero posteriormente quedó sin efecto.

Eso debe servirnos como recordatorio. El Caribe no está fuera del riesgo sísmico. Vivimos en una región bella, pero geológicamente activa. La preparación no es falta de fe. Tener agua, medicamentos, linterna, documentos, baterías, plan familiar y rutas de evacuación es una forma responsable de amar la vida que Dios nos confió.

La imprudencia no es espiritualidad. La prevención también puede ser una expresión de gratitud.

Una oración nacida del temblor:

Señor de la vida, mira a Venezuela en esta hora de dolor.

Mira a quienes han perdido seres queridos.

Mira a los heridos, a los desaparecidos, a los rescatistas, a los médicos, a los niños asustados y a los ancianos que no entienden por qué su casa ya no es segura.

Dale fuerza al que busca entre escombros.

Dale consuelo al que espera noticias.

Dale descanso eterno a los fallecidos.

Dale sabiduría a las autoridades.

Dale generosidad a los pueblos hermanos.

Y no permitas que el dolor se convierta en indiferencia.

Que donde hubo polvo, nazca ayuda.

Donde hubo miedo, nazca comunidad.

Donde hubo pérdida, nazca consuelo.

Y donde la tierra tembló, que la FE no se apague, sino que aprenda a ponerse de pie con más humildad, más verdad y más amor.

Los terremotos del 24 de junio de 2026 no deben leerse como simple noticia de desastre. Son una llamada a la conciencia. Una llamada a la oración seria. Una llamada a la solidaridad concreta. Una llamada a prepararnos mejor como Caribe. Una llamada a mirar a Venezuela no como un titular lejano, sino como un pueblo hermano herido.

La tierra tembló.

Ahora le toca al corazón no quedarse inmóvil.


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Imagen: Infobae.com

Comentarios

  1. Viví en mi juventud un sísmo de 5 en los Abruzzos italianos, hubo un muerto pero abundantes destrozos, yo quedé traumatizado, vi que mi hermano se libró por un segundo de que le aplastara un desprendimiento. No lo olvido estuve algunos años que no podía subir a pisos . Me quedo con tu reflexión porque ante cualquier desgracia es imposible no dirijir la mirada y el pensamiento ante el Creador. Bsta comprobar alguna vez la fragilidad de todo para no quedarse de brazos cruzados. Mi oración por las víctimas. Un gran abrazo querido amigo

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    1. Abrazo Angelo querido, anoche lo hablábamos en casa, preguntándonos que haría la FIFA con el mundial de fútbol. Que suspendan una fecha, no perjudica a nadie y mostraría la solidaridad de ésta formidable maquinaria de dinero..

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