¿Cuál es el mandamiento primero de todos?

 

«Escucha Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas y al prójimo como a ti mismo»

Hoy escribe Virginia Fernández Aguinaco 

El pasaje central y más conocido de esta oración se encuentra en el libro del Deuteronomio 6:4: “Shemá Israel, Adonai Eloheinu, Adonai Ejad” Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor es Uno. Un judío observante la recita dos veces al día: al levantarse por la mañana y al acostarse por la noche.  Para el cristianismo, el Shemá Israel no es una oración ajena o del pasado, sino la raíz teológica sobre la cual se edifica todo el Nuevo Testamento. La Iglesia Católica y las diversas tradiciones cristianas releen esta sagrada oración judía a la luz de la revelación de Jesús.  Él toma la profesión de fe judía pero la une inseparablemente con el mandato de Levítico 19, 18: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

 Dios es Uno en esencia y naturaleza. No creemos en tres dioses, pero al mandar amar con todo el corazón, el alma y las fuerzas, se nos revela que la naturaleza íntima de ese Dios Único es el Amor. Para que haya amor perfecto, debe haber un Amante (Padre), un Amado (Hijo) y el Amor que los une (Espíritu Santo). El Dios Uno del Shemá es, para el cristiano, una comunidad de tres Personas divinas.

 San Agustín comentaba que el ser humano, herido por el pecado, era incapaz de cumplir el Shemá por sus propias fuerzas humanas; el corazón estaba fragmentado. Pero Dios mismo se hace hombre en Jesús para enseñarnos y darnos la capacidad de amar de esa manera. En la Cruz Jesús encarna el Shemá de forma absoluta: ama al Padre con todo su corazón, con toda su alma (entregándola en la muerte) y con todas sus fuerzas, abriéndonos el camino para que nosotros, por el Espíritu Santo, podamos hacer lo mismo.

 Dice San Cirilo de Alejandría que Cristo está sentado a la derecha de Dios Padre, pero no entró en posesión de esta dignidad despues de su encarnación, sino “antes de todos los siglos”. “El engendrado de Dios, el Hijo único desde siempre posee el trono a la derecha del Padre”. Pues bien, en el relato de la creación, Dios crea en plural: “hagamos”. Y al culminar la obra con el ser humano dice que este ha sido creado a nuestra imagen y semejanza. Es decir somos criaturas hechas a imagen y semejanza de Dios y por lo tanto tenemos algo de trinidad. Esta convicción de haber sido creados a semejanza de la Trinidad es algo que modela nuestra forma de ser y de estar en el mundo, posiblemente mucho más de lo que nos podemos imaginar.

 Existe una profunda conexión lógica, teológica y psicológica entre el misterio de la Trinidad y la autopercepción de una persona de fe. Dado que Dios no es una “soledad infinita”, sino una comunión perfecta de tres Personas (Padre, Hijo y Espíritu Santo) que se aman, creer en la Trinidad transforma radicalmente la forma en que el creyente vive, se relaciona y entiende su propia existencia. Si Dios es relación y comunión, la psicología humana replica esa estructura. El ser humano psicológicamente necesita de la alteridad (del “otro”) para conocerse y realizarse. El creyente no ve en el prójimo una amenaza, sino un espejo de la misma imagen divina. La madurez psicológica del creyente equilibra la sana autovaloración con la capacidad de empatía y entrega.

 Alguien que se percibe a sí mismo como un “diseño deliberado” tiene  un sentido de trascendencia y propósito y experimenta una unificación psicológica en sus metas. Su vida no es el resultado del azar biológico ciego, sino un proyecto con un destino eterno. Vivir así es lo que propone Jesús: el ciento por uno y al final la vida eterna.


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