¿Se puede evitar a Dios? (Mateo 18; 21-35)


Evitar a Dios, es como huir/salirse del paraíso. El paraíso es un lugar interior de mucha paz, de mucha confianza en un mismo con la fortaleza que da saberse contenido por Dios, resguardado de los ataques del enemigo silencioso que, sabiendo de nuestras debilidades se prende con sus garras y no nos suelta. 

El evangelio de hoy habla de un número importante: 490, que son las veces que hay que perdonar a quienes nos han fallado; son las 70 veces 7 que habla Jesús. Y finaliza el Evangelio de Mateo: Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos.

Decía en uno de sus ricos comentarios Carmen Fernández Aguinaco, «nunca he conocido a nadie que lleve en un cuaderno el registro de las veces en que ha perdonado a alguien. Si alguien lo recuerda, seguramente no serán 490, más que nada, porque a la tercera probablemente ya se haya descartado al ofensor. Y esas tres, aunque no se apunten, están tan grabadas en la memoria, que al primer recuerdo surgen de nuevo, como una herida que ha cicatrizado mal. O quizá sea porque quien haya tenido la paciencia de perdonar 490 veces tiene un alma lo suficientemente generosa como para no acordarse del número mágico. Puede, sí, recordar que hubo heridas, pero el corazón ya está sano y limpio.

Tampoco parece muy probable que alguien haya apuntado el número de veces en que ha sido perdonado por Dios o por alguien cercano. Y es muy probable que tal número supere, con creces, las 490. Lo contrario es el autoexilio, el destierro, el cautiverio en el resentimiento, la ingratitud y la ausencia de Dios. La falta de perdón al prójimo aleja de Dios… es, en realidad, una manera de infierno y de esclavitud, escribía Fernández Aguinaco.

El infierno está en uno y es un espacio de ausencia absoluta de Dios, donde da lo mismo chana, que Juana y no quiero volver ahí. Infierno/Paraíso, como estados del alma.

Porque si el paraíso es ese espacio interior donde uno puede descansar en la confianza de saberse sostenido, entonces alejarse de Dios no necesita un castigo externo. Uno mismo empieza a construir su propio destierro.

Y ahí el 70 × 7 adquiere una profundidad enorme. Jesús no parece estar interesado en que llevemos una contabilidad de las ofensas, sino precisamente en romper la lógica de la contabilidad. Si llevo la cuenta de las veces que me hicieron daño, también puedo terminar llevando la cuenta de las veces que yo perdoné. Y entonces el perdón se convierte en una especie de deuda saldada: “ya hice lo suficiente por vos”.

Lo que cita Carmen Fernández Aguinaco va en otra dirección: cuando el perdón verdaderamente madura, la herida puede permanecer en la memoria, pero deja de gobernar el corazón. No necesariamente olvidamos; simplemente dejamos de vivir alrededor de aquello que nos hicieron.

¿Tengo memoria selectiva? Si, claramente. Olvido fácil las ofensas o los comentarios maliciosos, indirectos

Esto, puede ser mucho más que una característica de la memoria. Puede ser también una forma de libertad. Porque hay personas que conservan cuidadosamente sus agravios como si fueran documentos que algún día necesitarán presentar ante un tribunal. Y cada vez que los vuelven a leer, vuelven a sufrir el mismo acontecimiento.

Entonces, el infierno no es solamente sufrir; es quedar encerrado en uno mismo, sin confianza, sin esperanza, sin capacidad de perdonar, sin poder salir del círculo de la propia herida. Por eso quizá el perdón no sea solamente un acto de generosidad hacia quien nos lastimó. También es una manera de volver a casa.

Y ahí, perdonar es dejar de exiliarse de Dios.

Me decía un amigo en éstos días, Los que venimos o estuvimos de/en la política, vivimos de reproches constantes porque es un mundo carente de sensibilidad. Lo digo en el sentido que para los políticos las personas son números. Pensé que como la película "La Isla" (creo se llamaba asi) donde todos estamos conectados y de repente dejarse de ser útil y de un click te desconectan y pasar a ser nada. Y en política, donde mandan las urgencias, van al muere los que menos posibilidades de quejarse tienen. Es crudo, pero real

La política, cuando queda atrapada por la urgencia, la estructura y la necesidad de conservar poder, corre un riesgo terrible: que la persona concreta desaparezca detrás de la categoría. Ya no está Juan, con su historia, su miedo, sus hijos, su enfermedad o su esperanza; aparece “un jubilado”, “un vecino”, “un votante”, “un expediente”, “un número”.

Mi referencia a La isla la hago, porque aunque la película juega con una distopía bastante más extrema, allí la vida humana queda subordinada a su utilidad para otros. En política puede ocurrir algo menos espectacular, pero igualmente inquietante: mientras alguien es útil, se lo escucha; cuando deja de serlo, se vuelve prescindible.

Porque el reproche permanente también puede convertirse en una forma de cautiverio. No solamente el político puede deshumanizar al ciudadano; el ciudadano puede terminar deshumanizando al político que lo decepcionó, reduciéndolo para siempre a aquello que hizo mal.

Ahí aparece, para mí, una dificultad enorme para quien estuvo en política: cómo recordar sin quedar preso de la memoria.

Porque olvidar todo sería ingenuidad. Perdonar no significa decir “no pasó nada”. La prudencia —que alguna vez hablamos como una virtud para amar bien— también exige recordar los errores para no repetirlos.

Pero hay una diferencia enorme entre recordar para aprender y recordar para seguir castigando.

Quizás por eso mi reflexión sobre el paraíso aplicada a la política. El verdadero peligro no es solamente que otros nos expulsen de algún lugar. A veces somos nosotros mismos quienes, a fuerza de reproches, decepciones y resentimientos, nos construimos un pequeño exilio interior.

Quizás ese sea justamente el desafío después de haber conocido ese mundo: seguir viendo al ser humano antes que al número, incluso cuando el sistema ya aprendió a verlo al revés.

Está en uno. Y quizá esa sea una de las pocas libertades que nadie puede quitarnos: decidir qué hacemos con lo que vivimos y con lo que nos hicieron.

Lo que quedo en el tintero: perdonar es, recordar sin dolor. No significa olvidar. Al contrario: si puedo recordar, pero aquello ya no me lastima, entonces algo dentro de mí se acomodó.

El recuerdo permanece, pero cambia su lugar. Ya no gobierna el presente.

Y hay algo más: perdonar tampoco significa decir “lo que me hicieron estuvo bien”. Significa dejar de cargarlo. Como si uno pudiera mirar hacia atrás y decir: “Sí, ocurrió. Me dolió. Me cambió. Pero ya no tiene poder sobre mí.”

Quizás por eso el verdadero perdón tenga mucho de libertad perdonar no es dejar de recordar; es recordar sin necesitar justicia retrospectiva para poder estar en paz.



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