Seguimos pidiendo señales

En el evangelio de hoy, Jesús resucitado, le pide a Tomás que ponga sus manos en las heridas, para que crea, para que despeje sus dudas. Esta meditación ayuda a mirar con esperanza esos momentos en que el corazón busca señales, certezas y consuelo en medio del cansancio, las heridas o la confusión. 

La razón necesita crear opuestos para poder explicar la realidad. Solo se puede entender lo que es el frío en contraposición con lo que es el calor. Se entenderá lo que es el color blanco, solo cuando se tenga la idea de negro. La luz solo se puede comprender si tenemos en cuenta la oscuridad. Para poder afirmar algo como verdadero, tenemos que considerar lo opuesto como falso. En el orden espiritual las contradicciones quedan superadas en la unidad.

Hay días en los que uno quisiera tener una señal más clara de Dios. No porque falte respeto, sino porque el corazón está cansado, herido o confundido. A veces seguimos cumpliendo, seguimos yendo a misa, o la miramos por televisión, seguimos rezando como podemos, pero por dentro nos parecemos un poco a Tomás: necesitamos tocar, comprobar, sentir que Jesús de verdad está cerca.

El Evangelio dice que las puertas estaban cerradas. No solo las de la casa. También estaban cerradas las del miedo, la culpa, la confusión, la vergüenza de haber fallado. Y, sin embargo, Jesús entra. No necesita que todo esté resuelto para hacerse presente. Llega precisamente allí donde todavía hay encierro.

Eso sigue ocurriendo hoy. Hay corazones cerrados por una pérdida reciente, por una vieja herida, por una vida espiritual enfriada, por pecados que pesan o por preguntas que no encuentran respuesta. Jesús no se queda fuera esperando condiciones ideales. Se pone en medio y ofrece lo primero que más necesitamos: la paz. No una paz superficial, sino la paz del Resucitado, la que nace de sus llagas gloriosas, la que recuerda que el mal no tuvo la última palabra.

Cuando Jesús invita a Tomás a tocar sus manos y su costado, no borra las marcas de la pasión. Las conserva. El Resucitado no vuelve como si nada hubiera pasado. Lleva sus heridas transformadas. Esto es una luz grande para nuestra fe. Creer no significa fingir que no sufrimos, ni tapar lo que nos duele, ni repetir frases hechas para no mirar la realidad. Creer es dejar que Jesús entre también en nuestras llagas y les dé un sentido nuevo.

Quizá hoy baste una oración sencilla: “Señor, no entiendo todo, pero quiero permanecer contigo”. Y eso ya abre una puerta por donde entra la paz.

Hoy vale la pena detenerse un momento y mirar con sinceridad el propio corazón. Tal vez haya dudas, cansancio, heridas antiguas o una fe que se siente débil. El Evangelio no nos pide aparentar seguridad; nos dice que Jesús sabe entrar incluso cuando las puertas están cerradas. Él no se aleja de quien vacila, sino que se acerca con paciencia y trae paz.




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