Cuando hay con quien, un porqué y un para qué
Escuché atentamente al rabino Mario Rojzman en una reflexión sobre la negación de Dios a Moises para ingresar a la tierra prometida; recibe la orden de pararse en el Monte Nebo y mirarla de lejos. Porqué no lo dejo entrar? Y justamente este es uno de esos pasajes donde uno puede quedarse mirando el texto y decir: “¿Cómo puede ser, después de todo lo que Moisés hizo, que Dios no le permita entrar?”
La respuesta bíblica está, principalmente, en Números 20, 1-13 y después en Deuteronomio 32, 48-52, el desenlace, por decirlo de alguna manera.
Ahí está el núcleo del asunto.
Es algo tremendo: Dios le permite contemplar la Tierra Prometida desde el monte Nebo, pero no entrar en ella. Ahora bien, Moisés no fracasa en su misión. La cumple. Su misión no era necesariamente entrar en la Tierra Prometida. Su misión era sacar al pueblo de Egipto, atravesar el desierto y conducirlo hasta el umbral de la promesa.
Y quizá ahí aparece uno de esos misterios de Dios que tanto me llaman la atención. Moisés dedica su vida entera a algo cuyo fruto final no va a disfrutar personalmente. Eso es durísimo para nuestra lógica humana, porque nosotros pensamos: “Si hice todo esto, me corresponde llegar.” Y Dios parece responder: “Tu fidelidad no se mide solamente por llegar. También puede consistir en haber preparado el camino para que otros lleguen.” Tratar de comprender en tu mente pequeña el misterio de Dios" le dijo el niño (¿ángel?) a San Agustín en el recordado episodio del agua del mar y el agujero en la playa
Incluso hay algo más: Moisés muere viendo la tierra desde lejos. Y, sin embargo, no queda como un hombre derrotado. Queda como el gran mediador de la Alianza, el hombre que habló con Dios “cara a cara”, el que liberó a Israel y lo condujo hasta allí.
Moisés no entró en Canaán. Pero llegó hasta donde Dios le había pedido que llegara.
La reflexión del rabino Rojzman a la sentencia de Dios a Moises «Tu morirás en la montaña a la que vas a subir» Mírala y no vas a entrar y pensando dice: ¿Quien quiere cantar, (yo agregaría: estar feliz, o quedarse tranquilo) cuando sabe que va a morir? Y se me ocurrió ─dice el Rabino─ que para que uno llegue feliz al final de sus días tiene que haber pasado tres cosas: haber tenido un con quien en tu vida; tener que haber tenido un para que en tu vida y tenés que haber tenido un porqué. Todos aquellos que tienen con quien, un para que y un por qué cuando llegan al final, lo viven en paz. Los que no, morirán en un tumulto. Y eso hace que aún sin entrar hayas estado en la tierra prometida.
Pensé que Con quién caminamos la vida determina la calidad del trayecto; las compañías pueden ser sostén o carga. Por qué hacemos lo que hacemos nos conecta con la raíz de nuestras convicciones, y nos recuerda que cada acción tiene un sentido. y Para qué vivimos y actuamos nos abre al horizonte: el propósito transforma lo cotidiano en camino de plenitud.
El poema de Antonio Machado dice: Caminante, son tus huellas, el camino y nada más; Caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace el camino, y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante no hay camino, sino estelas en la mar.
Entonces, solo entonces comprenderemos que con quién compartimos, por qué actuamos y para qué vivimos, son tres preguntas que, al responderlas, nos devuelven al centro de lo esencial: la vida no se mide por la cantidad de pasos, sino por la calidad del rumbo.
Es ir más allá del desierto

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