Fidelidad
Para los cristianos, hay palabras de Jesús que uno escucha con paz, como cuando habla del consuelo, del pan compartido o del cuidado de Dios. Y hay otras que aprietan el pecho, porque no se quedan en la superficie, "sacuden los cimientos". Aprendimos en los seminarios de vida, convivencias con Dios y otros tantos retiros que "Dios escribe derecho en renglones que son torcidos" , a pesar de los errores, las adversidades o los caminos tortuosos de la vida, el resultado final puede tener un propósito noble o correcto. El orden no siempre es el punto de partida, sino el resultado de procesar el caos.
La frase que traje a colación, propone que la realidad es imperfecta —esos "renglones torcidos"— y que la voluntad humana (o Dios que sigue todos los procesos) tiene la capacidad de dotar de sentido y ética a situaciones que parecen no tenerlo. Es una invitación a ver la resiliencia como una forma de arte: no esperar a que el camino sea recto para caminar bien, sino que tu caminar es lo que termina rectificando el rumbo.
A veces en la vida, en el lugar que sea y con quien sea, una palabra buena puede ser malinterpretada porque cada cual la escucha desde sus heridas, sus miedos o sus ideas fijas. No siempre rechazamos la verdad por maldad. Muchas veces la rechazamos porque nos mueve el piso. Jesús, con frecuencia, mueve el piso. No para humillar a nadie, sino para abrir una puerta más honda, más profunda.
Guardar la palabra de Jesús no es hablar lindo para quedar bien. Es dejar que esa palabra entre en la casa, en el carácter, en la manera de reaccionar, en la forma de trabajar, de tratar al cansado, de responder cuando uno siente que no lo valoran. Hay personas que rezan mucho, pero viven con el corazón siempre cerrado. Y hay otras que, quizá con una fe humilde y sin grandes discursos, van guardando el Evangelio en lo pequeño: en la paciencia con un familiar difícil, en la honradez del trabajo, en el silencio prudente cuando podrían herir, en la mano tendida a quien está pasando un mal día.
No hace falta complicarlo todo. Basta dejar que Jesús entre en una conversación, en una decisión, en una preocupación concreta. Él sigue siendo presencia viva, más fuerte que nuestros temores y más cercana que nuestras dudas. Quien camina con su palabra no vive vacío. Vive sostenido. Y eso, poco a poco, se nota en el alma, en la mirada y en la manera de tratar a los demás.
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Con aportes de juanxxiii.org

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