Nadie, nada, nunca
Sobre la Ruta Nacional 11 que atraviesa mi ciudad, hace muchos años, más de veinte, una señora comenzó a trabajar para armar una especie de gruta a la vera de la ruta, la gruta se convirtió en un santuario donde paran todos, los vecinos y los que viajan. Fieles que buscan su intercesión. Lo que comenzó hace años esta vecina, es hacer lo que Jesús pedía hace miles de años Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello
Los peregrinos, como los viajantes que se detienen en el santuario de San Expedito, tienen los mismos sentimientos que tuvieron los discípulos de Emaús, tristes, cansados, desorientados; como nos pasa a todos en situaciones de mucha presión, todos los días. San Expedito, como San Chárbel (a quien recurrí en mi sanación después de mi accidente) son las herramientas, los medios, que Dios, que está en todos los procesos de tu vida, te hacen ver que uno no está solo y que es necesario que corazón siga ardiendo.
"Nadie, nada, nunca te ha dado tantas muestras de amor y paz como la que viene de Dios", ha escrito un caminante en una de las paredes.
Dice el Papa León, «...esa es la mayor sorpresa, descubrir que bajo las cenizas del desencanto y del cansancio siempre hay brasas vivas, a la espera de reavivar el fuego. El Señor nos ayuda a comprender que el dolor no es la negación de la promesa. La resurrección de Cristo nos enseña que no hay historia tan marcada por el desengaño o el pecado que no pueda ser visitada por la esperanza. Ninguna caída es definitiva, ninguna noche es eterna, ninguna herida está destinada a permanecer abierta para siempre. Por distantes, perdidos o indignos que nos sintamos, no hay distancia que pueda apagar la fuerza infalible del amor de Dios.»
Nosotros vivimos en un mundo “gaseoso”, “líquido”, “relativista”, en el que nos cuesta ser fieles y constantes. La inmediatez nos va llevando y se nos olvida lo importante. Pasa lo mismo en la relación con Dios. En el siglo XXI, las tentaciones y distracciones son muchas: consumismo, redes sociales, presión por el éxito, etc. Las “obras de Dios” implican practicar la integridad y la honestidad, cultivar la humildad y el servicio, buscar la justicia y la misericordia en nuestra comunidad. Esto se refleja en acciones concretas: voluntariado, si es posible, ayuda al necesitado, defensa de los vulnerables, respeto por el medio ambiente y la verdad, por ejemplo, dicen los amigos de Ciudad Redonda.
Hoy conviene preguntarnos con sencillez qué estamos buscando de verdad. Jesús no rechaza nuestra necesidad, pero quiere llevarnos más lejos. No quiere ser solo un auxilio ocasional, sino alimento permanente para el corazón. Cuando la vida aprieta, cuando la rutina pesa o cuando la fe parece volverse costumbre, acordate que la obra más importante no es correr detrás de muchas cosas, sino creer de verdad en Jesús.
Creer como quien se apoya, como quien confía, como quien sabe que no camina solo. vivir con más paciencia, más verdad y más paz en casa, en el trabajo y en la comunidad.
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Evangelio según San Juan 6,22-29.
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