Sanarnos desde adentro hacia afuera
Hay cansancios que no se notan por fuera. Una persona puede seguir trabajando, sonriendo, cumpliendo con lo de cada día, y sin embargo llevar dentro una especie de inmovilidad: culpa, tristeza, heridas antiguas, miedo a volver a empezar. El Evangelio de hoy entra precisamente en ese lugar donde muchas veces nadie más alcanza a mirar.
A Jesús le llevan a un paralítico en una camilla. El enfermo no llega solo; otros lo acercan. Ese detalle conmueve. Muchas veces la fe comienza así: alguien nos sostiene cuando ya no tenemos fuerzas, alguien nos trae a la oración, alguien pide por nosotros, alguien no se cansa de esperar nuestro regreso. En la vida de la Iglesia, esto ocurre de formas muy sencillas: una madre que reza en silencio por su hijo, un amigo que acompaña, una comunidad que no aparta al que sufre, un sacerdote que escucha sin prisa.
Jesús no mira primero la limitación física, sino el corazón. Ve la fe de aquellos hombres y le dice al paralítico: «¡Ánimo, hijo!, tus pecados te quedan perdonados». Es una palabra sorprendente. Todos esperaban probablemente una curación visible e inmediata, pero Jesús va a la raíz. Antes de devolverle fuerza a sus piernas, quiere devolverle paz al alma.
A veces nosotros también queremos que el Señor arregle enseguida lo que se ve: un problema en casa, una preocupación económica, una tensión en el trabajo, una enfermedad, una decisión difícil. Y Jesús, que conoce bien nuestro dolor, muchas veces empieza por lo más hondo. No porque ignore lo demás, sino porque sabe que un corazón reconciliado puede sostener incluso el paso por la prueba con una luz nueva.
El pecado no es solamente una falta moral aislada; también es una carga que encierra, que roba libertad, que va endureciendo la mirada. Por eso el perdón de Dios no es un adorno espiritual: es verdadera liberación. Cuando Jesús perdona, no humilla; levanta. No aplasta el pasado; abre futuro. No recuerda nuestra fragilidad para condenarnos, sino para devolvernos la dignidad de hijos.
Por eso escandaliza a algunos. Los escribas piensan mal en su corazón porque no alcanzan a reconocer que Dios está actuando delante de ellos. También nosotros podemos caer en esa ceguera cuando reducimos la fe a lo exterior, a lo controlable, a lo que cabe en nuestros esquemas. Pero Jesús siempre desborda. Su autoridad no es poder frío, sino misericordia eficaz.
Y lo envía a su casa. No lo aparta de la vida ordinaria. La obra de Dios no nos saca del mundo: nos devuelve a él de otra manera. Volver a casa puede significar retomar responsabilidades con un corazón nuevo, pedir perdón, reconstruir un vínculo, recuperar la oración abandonada, servir con más paciencia, dejar atrás una costumbre que nos tenía atados.
Este Evangelio recuerda algo muy católico y muy consolador: Jesús tiene poder real para perdonar los pecados. Ese poder sigue llegando a nosotros de manera concreta, especialmente en el sacramento de la Reconciliación. Allí no recibimos una idea bonita, sino una gracia verdadera. Allí sigue rompiendo parálisis interiores que parecían antiguas e imposibles de mover.
La gente glorifica a Dios al final. Cuando una persona es levantada por la misericordia, no se celebra solamente una mejoría humana: se transparenta la cercanía de Dios. Tal vez hoy el mayor milagro que necesitamos no sea llamar la atención, sino volver a caminar por dentro. Y si dejamos que Jesús entre hasta ese lugar más herido, descubriremos que su perdón no solo limpia: también pone de pie.
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Con textos de juanxxiii.org

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