El miedo no tiene la última palabra

Reflexión sobre el Evangelio del día, Mateo 8,28-34. 

Hay escenas del Evangelio que no son cómodas, pero precisamente por eso llegan muy hondo. Esta página de san Mateo nos lleva a un lugar herido: sepulcros, miedo, violencia, gente que ya no pasa por ese camino. Todo está marcado por una oscuridad que ha desfigurado la vida humana. Y, sin embargo, allí llega Jesús. No evita el sitio incómodo, no da un rodeo, no se queda lejos del sufrimiento más roto. Va de frente hacia aquello que los demás prefieren esquivar.

El final del relato resulta sorprendente. Después de la liberación, el pueblo no se alegra; le pide a Jesús que se vaya. Parece increíble, pero es muy humano. A veces preferimos una situación desordenada pero conocida antes que una presencia de Dios que nos cambie de verdad. Cuando Jesús entra, algo se mueve, algo cae, algo ya no puede seguir igual. Y eso incomoda. La gente se preocupa por la pérdida de los cerdos, símbolo de intereses materiales. 

Cómo a veces, los intereses materiales o el miedo pueden impedir reconocer la obra liberadora de Cristo.  Este pasaje es un espejo: nos muestra que la verdadera liberación puede incomodar, pero abre la puerta a la vida plena. Y aquí aparece lo que llamaría mi confesor, la espiritualidad del desapego, que es una clave muy profunda que se conecta directamente con el pasaje  del evangelio de Mateo, ¿preferimos perder la presencia de Jesús antes que perder sus bienes materiales? Esa reacción nos muestra cómo el apego puede cegarnos frente a lo esencial. Allí donde está tu tesoro estará tu corazón, dice el Señor. 

La espiritualidad del desapego implica, lograr la libertad interior, vale más que cualquier pérdida económica. Implica soltar el miedo al cambio y confiar en que Dios conduce hacia algo mejor. Implica dejar de aferrarnos a una imagen falsa de nosotros para recuperar la verdad interior. Implica que soltar no es vacío, es abrir espacio para que Dios llene nuestra vida con su presencia.

Ayer una amiga me escribía esto:  Jesús me amó lo suficiente como para abrir un camino para que yo pudiera tener una relación profundamente personal y amorosa con Dios. Aunque pueda sentirme terriblemente sola, Su Espíritu vive dentro de mí. Soy así de valiosa para Él. Él me conoce así de bien. Incluso en mi desobediencia, decepción y desconfianza, Él permanece en mí y a mi favor. A Él le encanta amarme

Siento una envidia sana. Vale la pena detenerme un momento y mirar con sinceridad mi corazón. Todos tenemos alguna zona cansada, herida o desordenada que preferimos no tocar demasiado. El Evangelio recuerda que Jesús no se aleja de nuestras luchas; se acerca con autoridad, con paciencia y con misericordia. Su presencia puede traer paz precisamente al lugar donde más desorden sentimos. 

Jesús, entra en lo que hoy me pesa; libera lo que no puedo ordenar solo”. No hace falta resolverlo todo hoy; basta con abrir una puerta.

Deseo que caminemos este día con esperanza. Jesús sigue pasando por nuestros caminos y puede devolver luz a lo que parecía cerrado.



__

Sobre textos de juanxxiii.org

Imagen: pecados capitales

Comentarios