Una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad.
Dice Virginia Carmen Aguinaco en su reflexión del evangelio «Hay dos reuniones contrastantes en las lecturas de hoy. La primera es en el Sanedrín, los sabios y doctores de la ley, que no se atreven a refutar a los humildes pescadores, porque tienen delante las pruebas. Creen, porque no tienen más remedio que creer a sus propios ojos, pero la decisión es acallarlo todo, perseguir a quien trata de anunciar, y negar. Si han visto y oído, ¿por qué tratan de acallar? El resultado podría parecer incoherente: ¡las grandes autoridades amedrentadas porque el pueblo da gloria a Dios!
Lo que sí sorprende muy razonablemente es que los que habían estado con Jesús, que habían escuchado su mensaje, quienes habían decidido seguirle a dondequiera que fuera, se nieguen a creer el testimonio Magdalena que había visto a su Señor en el huerto, ni el de los compañeros que caminaron con Jesús hacia Emaús. Jesús recrimina su dureza de corazón y su ceguera. A pesar de todos los pesares, Cristo confía su misión a quienes pudieran parecer necios, endurecidos y poco de fiar.
Podríamos ver ejemplos de los dos tipos de reuniones: Quienes ven la evidencia, pero no les conviene, y quienes escuchan la evidencia pero se fían más de sus propios ojos. Quienes tratan de silenciar el mensaje y quienes, con temor y temblor por sus propias dudas, son enviados a anunciar el mensaje.
Podríamos pensar en cuál de las dos reuniones estamos: ¿en la de quienes hemos tenido pruebas abundantes de la vida de Cristo, de su obra en nuestras vidas, y decidimos acallarlas por no perder nuestro buen nombre o prestigio? ¿O estamos en la de los amedrentados y descreídos, endurecidos en nuestra exigencia de pruebas palpables y aun así, enviados a anunciar la Buena Noticia?» (aplicaría aquí lo que decía Sherlock Holmes «Una vez descartado lo imposible, (refutar la cura del paralítico) lo que queda, por improbable que parezca (Jesucristo, su resurrección y sus mandatos), debe ser la verdad.»
Agregaría un tercer escenario: el de los que han perdido la fe, los que tienen tanta crisis que se vuelven neutros, vulnerables. En ese escenario están los que tienen esclerocardia, como reflexiona en su posteo el blog Sensus Fidelium, el corazón se va endureciendo en la vida y dice: «Cuando escuché por primera vez de la palabra esclerocardia (cuando el corazón se vuelve duro), me llamó mucho la atención, porque el ser humano busca su paz interior y sentirse acogido, recibiendo el afecto de otros, pero cuando el dolor humano llega a los límites más insospechado cae en la búsqueda de armarse para no recibir más dolor; pero también llega de la mano a no recibir más cariño. A nosotros nos cuesta más volver a confiar, y es que en las experiencias del afecto vamos aprendiendo, a fuerza del dolor mismo, a no confiar en el resto de las personas.»
En el reino de Dios, el hombre puede redimirse; en el del hombre, puede destruirse, decía mi confesor.

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