Cuando la inmovilidad no sirve

Uno de los reels que circulan por las redes dice algo así: El diablo conoce tu nombre, pero te va a llamar por tu error; Dios conoce tu error, pero te va a llamar por tu nombre. 

María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Después cuando ella lo reconoce al escuchar ¡María! Jesús le dijo: "No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: 'Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes'".

Dice Fernández Aguinaco "Este diálogo escueto con el Resucitado está cargado de contenido. Es una relación personal de Magdalena con el Señor Jesús: el Verbo Encarnado. Alguien que es más que un maestro. La intimidad de Jesús con los suyos lejos de cerrarse en sí, los impulsa a anunciarla. Es más: nos obliga a difundirla." 

Hoy conviene quedarse un momento junto a María Magdalena, no corriendo, no resolviendo, no llenando la cabeza de ruido. Solo quedarse ahí, delante del Señor, con lo que uno trae por dentro. 

Este Evangelio recuerda que Jesús no se espanta de nuestras lágrimas ni de nuestras confusiones. Al contrario: se acerca, pregunta, escucha y llama por nombre. Tal vez hoy la oración más sincera no sea una larga fórmula, sino algo muy simple: “Señor, aquí estoy; ayúdame a reconocerte”. Y desde ahí, dejar que él ordene el corazón. 

También es un buen día para preguntarse a quién tengo que llevarle una palabra de esperanza: en casa, en el trabajo, en la comunidad, en una llamada pendiente, en una reconciliación aplazada. Jesús resucitado no nos quiere inmóviles. Nos quiere vivos, serenos y disponibles. 

 

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