La cruz, un camino de resiliencia
Llevar la cruz de cada día es una invitación espiritual a vivir con entrega y resiliencia. No se trata simplemente de soportar problemas, sino de una actitud ante la vida. Llevar la cruz de cada día, significa negarse a sí mismo, renunciar al egoísmo y a los a impulsos o anhelos que nos encadenan exclusivamente a lo material, lo pasajero y a la gratificación inmediata, alejándonos de nuestra esencia o propósito espiritual de seguir a Cristo diariamente.
No se trata solo de aguantar problemas, sino de un compromiso de obediencia, amor y entrega, adoptando sus actitudes y anteponiendo la voluntad divina a la propia; a las ansias, impulsos o apegos vinculados a los aspectos materiales y temporales de la vida, esas que a menudo son distracciones del crecimiento espiritual o la paz interior.
¿Quién quiere la muerte o la maldición? Todos estamos habitados por un deseo casi instintivo de vida y de bendición. Y como es el bien lo que conduce a ellas, la cosa es evidente. Pero sabemos que, en la práctica, la elección no es tan sencilla. En primer lugar, porque ese camino que lleva a la vida y la bendición no es un camino directo.
Con frecuencia la consecución de bienes que satisfacen nuestras necesidades reales nos inclina a tomar decisiones o realizar acciones que nosotros mismos reconocemos como incorrectas. Son situaciones de conflicto moral (y religioso) que nos ponen a prueba. Pero es que, además, el mal se disfraza muchas veces de bien, bajo los ropajes de lo “permitido”, del “derecho” que creo tener, y de muchas otras formas, de modo que nos parece que actuar así no sólo es un mal menor para la consecución de un cierto bien, sino que es precisamente lo que debemos hacer. Pero las malas consecuencias de esas decisiones equivocadas siempre acaban llegando, a veces ya en esta vida, o, si no es así, en ese tribunal de Dios ante el que todos deberemos comparecer, como dice José María Vegas, en su reflexión de Ciudad Redonda
Jesús, que es el camino y la verdad que llevan a la vida, no nos engaña. Nos recuerda que no hay atajos, y que el camino del bien es empinado, y la puerta que lleva a la vida es estrecha. Es el camino de la cruz. Pero, cuidado, este camino no es el del sufrimiento por el sufrimiento, ni es la negación de las alegrías de la vida. Es, sencillamente, el camino del amor. El amor verdadero es esforzado, conoce renuncias, está dispuesto a sufrir por la persona amada. Dar la vida por amor es el mejor modo de ganarla. Porque dándola, damos vida a otros, y perdiéndola (en las grandes y pequeñas renuncias que el amor nos exige) abrimos espacio en nosotros para recibir el gran don del amor de Dios que se ha manifestado en Cristo Jesús, que no solo nos exhorta, sino que él mismo ha recorrido ese camino, para que nosotros podamos seguirlo.
Santa Teresa de Avila decía: «Nada te turbe, nada te espante. Todo se pasa. Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene, nada la falta. Solo Dios basta»
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Sobre textos de José María Vegas, cmf

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