Jesús no parte de lo que fuimos o somos, sino de lo que podemos llegar a ser
El evangelio de hoy, escrito por San Lucas (5, 27-32) relata el llamado que le hace Jesús a Mateo (Levi) que era un recaudador de impuestos para Roma y tenia una relación aceitada con ella. Nosotros somos en ocasiones como Leví, sentados en nuestra mesa de comercio rutinario, en nuestro pequeño mundo de intereses pequeños, a veces mezquinos, costumbres, que se han convertido en nuestra cotidianidad.
Estamos cómodos así, viendo pasar la vida y en esa comodidad se acerca Jesús a través de cualquiera, estoy pensando en una persona amiga, que no es católica, es adventista, que cuando habla del Señor, se transforma y se nota como un aura sutil e invisible de amor a Cristo que realmente conmueve.
Y uno, que tiene el alma casi marchita, siente una sana envidia. Aunque, es justo reconocerlo, también buscamos la excusa de que, en realidad, nosotros ya estamos convertidos y ya hemos respondido a la llamada, pues llevamos un vida pasablemente cristiana. Si es así, podemos vernos en los escribas y fariseos, y escuchar la incómoda crítica de Jesús; no nos creamos justos, porque también los que se consideran así están necesitados de conversión, tal vez más que los que cometen pecados patentes, también a esos (a nosotros) les dice Jesús “sígueme”.
Jesús no parte de lo que fuimos o somos, sino de lo que podemos llegar a ser cuando alguien confía en nosotros. No nos pasó alguna vez, integrando la comisión económica de tu parroquia que invitan a alguien "nuevo" para integrarla y vos no pensas siquiera de donde viene, que hizo, etc., etc., la Iglesia no es un espacio para impecables, sino una casa donde se aprende a caminar juntos. Una parroquia viva no es la que presume de orden, sino la que acompaña procesos, escucha historias y se sienta a la mesa con quienes buscan sentido.
Dios no nos pone un precio para alcanzar su perdón, pero sí marca una condición: el arrepentimiento. Aunque ni siquiera este ha de ser perfecto, como vemos en la parábola del hijo pródigo. Basta un deseo de volver y un primer paso para emprender el camino a casa.
Los santos nos han enseñado que este camino de vuelta a casa se recorre muchas veces a lo largo de la vida. De hecho, incluso muchas veces al día. La llamada a la conversión es continua, igual que el anhelo profundo de felicidad y donación que late en el fondo de nuestro corazón.
La frase final de Jesús es contundente y esperanzadora: “No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores para que se conviertan”. La conversión nace del encuentro, no del reproche. Cuando alguien se siente acogido, escuchado y respetado, algo comienza a moverse por dentro. Así actúa Jesús. Así está llamada a actuar la Iglesia en cada rincón donde sirve. Conversión que también podemos vivir cada día, la conversión cotidiana en los gestos de reconciliación con el otro, con la casa común, en la atención a los pobres, en la construcción de la paz, y el ejercicio espiritual y humano permanente que ayude a rechazar el pecado.
No hay ningún momento en nuestra vida en que no fuera posible empezar una existencia nueva.., separada como por un muro de nuestras infidelidades pasadas. Decirle al Señor, como David “He pecado” y mostrarle con sencillez nuestras heridas para que Él las cure, nos ayudará a continuar más ligeros y gozosos por este camino de la vida.

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