El desierto es una delgada línea entre el cielo y el infierno

El primer domingo de Cuaresma nos presenta a Jesús conducido por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. El marco geográfico del desierto, lugar inhóspito y antagónico del Edén, es elocuente. Jesús sería impulsado así al ámbito del tentador. 

El desierto es un lugar donde la soledad posibilita el encuentro con un mismo, y el silencio hace descubrir la simplicidad de la vida. Se pierden los encantos de las apariencias. La desnudez permite centrarse en lo esencial y la aridez enfoca lo invisible para lo ojos: la propia individualidad, el propio yo, el ser irrepetible en este mundo, la transitoriedad de la vida.

El desierto es un lugar de purificación; sin embargo, el sufrimiento, la soledad y la prueba no purifican en si. Dependerá de la actitud que uno adopte frente a ellos. A lo largo de cada historia personal, al volver la vista atrás -como el poema de Machado- uno ve que desperdició años de su vida doliéndose de su pasado. En vez de superar el problema, fue superado por la anemia de la apatía. Y uno cae en la rutina diaria perdiendo la ilusión por vivir sin importar siquiera el poder, ni el tener, ni el gozar.

Todos somos llevados al desierto cuando nuestras estructuras se desmoronan, cuando se decoloran los planes o se esfuman los sueños; cuando nuestros héroes nos defraudan, cuando una enfermedad o accidente trunca nuestras capacidades o somos decepcionados por quien amamos; cuando se rompen las alas de la confianza o cuando de improviso perdemos todo lo que habíamos ganado con tanto esfuerzo.

Mateo dice que, vencida toda tentación, “los ángeles vinieron y le servían”. Dios da con orden y proporción lo que el demonio usaba como transgresión. San Josemaría Escrivá de Balaguer comentaba sobre esta escena final así: “la Iglesia, al hacernos meditar estos pasajes de la vida de Cristo, nos recuerda que, en el tiempo de Cuaresma, en el que nos reconocemos pecadores, llenos de miserias, necesitados de purificación, también cabe la alegría. Porque la Cuaresma es simultáneamente tiempo de fortaleza y de gozo: podemos llenarnos de aliento ya que la gracia del Señor no nos faltará, porque Dios estará a nuestro lado y enviará a sus Ángeles, para que sean nuestros compañeros de viaje, nuestros prudentes consejeros a lo largo del camino, nuestros colaboradores en todas nuestras empresas

A veces, el desierto es una delgada línea entre la vida y la muerte, entre el cielo y el infierno



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Sobre textos de Pablo M. Edo, Opus Deis, reflexiones al evangelio | archivos del blog "Antes que sea tarde" (agosto 2016)


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