El ayuno es una privación voluntaria como preparación de algo que se espera.
La liturgia católica nos trae el Evangelio de Mateo 9, 14-15 «Se acercaron a Jesús los discípulos de Juan y le dijeron: "¿Por qué tus discípulos no ayunan, como lo hacemos nosotros y los fariseos?". Jesús les respondió: "¿Acaso los amigos del esposo pueden estar tristes mientras el esposo está con ellos? Llegará el momento en que el esposo les será quitado, y entonces ayunarán.»
El ayuno es una de las prácticas centrales de la Cuaresma en la Iglesia católica. En sus orígenes, durante el siglo II, los cristianos se preparaban para la Pascua con dos días de ayuno y penitencia. Con el tiempo, estas prácticas se extendieron a toda la Semana Santa. Sin embargo, el ayuno como tal, es algo relativo y secundario, aunque también sea una práctica religiosa venerable.
No es extraño que, al comienzo de la Cuaresma, ya el miércoles, Jesús no nos diga que debamos ayunar (hablaba de orar y dar limosna en silencio y soledad), sino cómo debemos hacerlo para que esas prácticas realicen su verdadero sentido, y cómo no, para que no se conviertan en un ejercicio de hipocresía. Isaías fustiga con dureza esa hipocresía, que se cree con derecho de exigir a Dios, en virtud de prácticas acompañadas de actitudes inmorales.
Durante mucho tiempo en la Iglesia se ha entendido que se trata de acumular actos que nos causan dolor o que nos cuesta hacerlos por su dificultad. De esa manera vamos llenando nuestro hoja de ruta a lo largo de la vida. Expresamos así nuestra devoción. Es decir, si hacemos una peregrinación de rodillas, eso parece ser que tiene mucho más valor –es más sacrificado– que si lo hacemos caminando. Y así vamos acumulando méritos ante Dios para conseguir nuestra salvación o el perdón de los pecados.
El mensaje de Jesús no va por ahí; el Señor relativiza el ayuno que practicaban los fariseos y los discípulos de Juan, al hacerles ver que lo esencial pasa por otro lado. El Evangelio (todo) nos habla del amor gratuito de Dios. No hay que hacer méritos para conseguir nada ante Dios. La salvación, el perdón, la vida, es un regalo gratuito de Dios. Ayunar no es la forma de conseguir nada ante Dios. Nosotros no tenemos que guardar luto porque el esposo, Jesús, está con nosotros. Lo tenemos presente en la Eucaristía.
El ayuno en el tiempo de Cuaresma es la expresión de nuestra solidaridad con Cristo que nos fue arrebatado, arrestado, encarcelado, abofeteado, flagelado, coronado de espinas, crucificado...
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Sobre textos de José María Vegas, cmf | Ingrid Reyes (Prensa Libre)
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