Bienaventurados
Decía el Padre Agustín Poeir, de la Orden Siervos de María: Las bienaventuranzas son la carta magna del cristianismo, el fundamento sobre el cual se apoya todo el evangelio, el espíritu conductor de sus enseñanzas; pero también la condición por la paz en la sociedad por dos razones: primero porque Jesús con su vida, su humildad y sobre todo con su muerte las practicó al pié de la letra y el cristiano no puede seguir otro camino, y segundo porque en la sociedad no bastan las leyes -que a veces son injustas con las más desamparados- para que marche bien.
Si no frenamos el egoísmo, el impulso a atropellar, la soberbia de ser más que los otros... en una palabra, si de alguna manera o al menos en parte no practicamos las bienaventuranzas, la sociedad puede convertirse en una selva donde domina el más fuerte.»
Si quieres ser feliz comienza, nos dice Jesús, despojándote, y liberándote de la fiebre posesiva; hazte pobre, simplifícate, elimina lo superfluo. La pobreza voluntaria, la renuncia al uso egoísta de los bienes que se poseen (inteligencia, buen carácter, conocimientos, títulos académicos, posición social, dinero, tiempo libre…) no es asunto de libre opción o consejo reservado solo al algunos con vocación de héroes o a quienes quieren ser más perfectos que los demás. Esta bienaventuranza no es un mensaje de resignación, sino de esperanza. No habrá ningún necesitado cuando todos lleguen a ser «pobres de espíritu», pongan las riquezas que han recibido de Dios a disposición y servicio de los hermanos, así como lo hace el mismo Dios que, teniendo todo, es infinitamente pobre: no se reserva nada para sí, es total donación, amor sin límites.
Si quieres ser feliz procura tener un corazón manso, suave y bondadoso. Toma la decisión de pensar mucho más en lo positivo y bueno que tienen los demás que en sus zonas oscuras. Acostúmbrate a hablar siempre bien de ellos. ¡Bienaventurados aquellos que, frente a las injusticias, asumen la misma actitud de Jesús! Estos recibirán de Dios la posesión de una tierra nueva; estrenarán una nueva condición en la que florecerán las relaciones pacíficas, en la que ya no existirán más los abusos que caracterizan a un mundo todavía a merced de las “bienaventuranzas” terrenas.
Si quieres ser feliz, acostúmbrate a llorar con quien llora, a reír con quien ríe. Aprende de los niños. Aprende de los santos. Y sonríe, aunque no tengas ganas. Sobre todo, sonríe aquel día que tengas que decir algo amargo. La venida del Reino ha comenzado ya a eliminar todas las situaciones causantes del dolor y de las lágrimas.
Si quieres ser feliz no te permitas ser injusto ni en tu pensamiento, ni en tu lengua, ni con tus manos, ni con tus silencios cómplices. Luego, también exígelo a los otros.
Si quieres ser feliz cree descaradamente en el prójimo y convéncete de que es preferible ser engañado una vez por él a pasarte toda la vida desconfiando de todos (con lo que, por otra parte, serás perpetuamente engañado) Aprende a comprender, y aprenderás el camino del perdón.
Si quieres ser feliz limpia tu corazón a menudo de tus bajos instintos, de malas ideas, de la tristeza, de la ira, de prejuicios… Recuerda al menos cuatro o cinco veces al día que tienes alma y aliméntala bien, por lo menos tanto como al cuerpo. Los puros de corazón son bienaventurados porque tienen un comportamiento que está en consonancia con la voluntad de Dios. No aman a la vez a Dios y a los ídolos. No es puro de corazón aquel que sirve a dos patrones, aquella persona que ama a Dios, pero deja en su corazón el rencor puesto en contra del hermano, aquel que no realiza acciones malas, pero comete el adulterio en su corazón (Mt 5,28). Los puros de corazón son bienaventurados porque a ellos, y solo a ellos, les será concedida una especial experiencia de Dios.
Si quieres ser feliz trabaja por la paz. No seas ajeno a los conflictos de tu alrededor. Trata de evitarlos o hacerlos desparecer. En la Biblia, la palabra ‘paz’ (shalom) no significa solamente ausencia de guerra. Indica un bienestar total; implica la armonía con Dios, con los demás y con uno mismo; la prosperidad, la justicia, la salud, la alegría. Los “constructores de paz” son aquellos que se empeñan en hacer que esta vida rebosante de bienes se derrame también sobre excluidos y marginados. Estos “pacificadores” serán considerados hijos de Dios.
Si quieres ser feliz, atrévete a creer en algo muy serio. Lucha por ello. Sigue luchando cuando te canses. Sigue de nuevo aun cuando los demás se cansen y te dejen solo. Piensa en lo que Dios querría de ti.
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Sobre textos de Alejandro, C.M.F. Ciudad Redonda y archivos del blog

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