Todos distintos al servicio del bien común

El Evangelio de hoy ─San Marcos 3, 13 - 19─ nos presenta a Jesús subiendo al monte y llamando a los que Él quiso. No fue una convocatoria abierta ni una selección por currículum. Fue un gesto personal, casi íntimo. Los llamó por nombre y ellos fueron. Esa escena, tan sencilla, sigue ocurriendo hoy, aunque no siempre la veamos. En la parroquia, en el trabajo pastoral, en la vida comunitaria, Jesús sigue llamando personas con historia, con carácter, con límites visibles. No llama a los perfectos; llama a los disponibles.

El Evangelio no idealiza la uniformidad. En la parroquia, en los grupos apostólicos, la diversidad bien vivida no divide: enriquece. Jesús no eliminó las diferencias; las puso al servicio del bien común. 

Benedicto XVI consideró, sobre los apóstoles, la variedad que había entre ellos. Los hubo tranquilos y reflexivos. Impetuosos y vehementes. Mayores y jóvenes. Pescadores y cobradores de impuestos. Humildes y con formación. Con todos ellos contaba para ir a todos los ambientes y hablar a todo tipo de corazones. Jesús ha venido a llamar a todos. Su misión es universal.

Subir al monte no siempre significa apartarse físicamente, pero sí implica tomar distancia del ruido constante. En la vida diaria, subir al monte puede ser ese momento de silencio antes de comenzar el día, una oración breve en la sacristía, o incluso una caminata donde uno ordena el corazón. Los movimientos apostólicos, muchas veces sufre desgaste haciendo sin subir primero al monte. 

Marcos dice algo clave: Jesús los llamó “para que estuvieran con Él” y luego “para enviarlos”. El orden no es casual. En la pastoral parroquial, en los consejos, en las catequesis, a veces se invierte el proceso. Hacemos mucho, organizamos bien, pero descuidamos el estar con Él. Cuando falta ese vínculo, el servicio se vuelve pesado y la comunidad lo percibe. Estar con Jesús no es una idea abstracta; es dejar que su manera de mirar y escuchar modele nuestras decisiones cotidianas.

Jesús les da autoridad, pero no como poder que aplasta. Es una autoridad que se aprende caminando, equivocándose, volviendo a empezar. Ejercer autoridad con espíritu evangélico implica escuchar, acompañar procesos y sostener con paciencia. No se trata de controlar, sino de cuidar. Cuando una comunidad entiende esto, el ambiente cambia: hay más confianza, menos temor y más deseo de participar.

El envío no ocurre lejos de la realidad. Ocurre en la familia, en el trabajo, en el barrio, en la parroquia.., con sus límites y sus dones. Ser enviado hoy significa dar testimonio con gestos simples: cumplir la palabra, tratar con respeto, sostener al que está cansado. El Evangelio no pide gestos heroicos constantes, sino coherencia diaria. Ahí es donde el llamado se vuelve visible.


__

Fuente: juan xxiii.org

Imagen: La pieza que encaja para el bien común

Comentarios